En recuerdo de Olivier Messiaen

Messiaen

Comencé a interesarme por la obra musical de Olivier Messiaen la madrugada del día 25 de diciembre, navidad, de 2003. Volvíamos de pasar la nochebuena en casa de mi hermana Mamen, en Gandía, cuando sintonizamos en el coche radio clásica de RNE. En el silencio de la madrugada sonaron unos acordes de órgano que me impresionaron de tal manera que, sin saber quien era el autor, al día siguiente consulté la programación de la emisora y comprobé que se trataba de la Natividad del Señor, uno de los conjuntos musicales para órgano creados por el compositor francés. Así se inició mi peregrinación por su obra. Resulta curioso comprobar que la mía no fue una experiencia aislada: el mismo efecto produjo esta obra en el autor de la página web The Olivier Messiaen Page dedicada al compositor.

Messiaen nació hace casi un siglo (el próximo año se cumplirá el centenario de su nacimiento) en Avignon, hijo de un profesor de literatura inglesa y de una poetisa. Con gran cultura musical pronto entró en el conservatorio de París del que fue profesor desde 1941. Desde los 22 años hasta su muerte fue organista de la iglesia de la Santísima Trinidad en París.

Cuatro elementos caracterizan sus composiciones: por un lado, su concepción estética, surgida del contacto con una persona afecta de sinestesia, de que es posible establecer una correspondencia entre los colores y los sonidos de las diferentes notas y acordes. De esta forma, una composición musical sería capaz de representar una realidad visual dinámica en el tiempo. Hay que reconocer su originalidad y su capacidad creativa, pues pienso que la música logra expresar la belleza con una profundidad e intensidad superior al de otras facetas del arte como la pintura o la escultura. Hay un elemento en la música que le confiere su especificidad: la inmaterialidad y el dinamismo. La música ejerce su efecto en el tiempo, durante su representación, y luego se desvanece dejando una impronta duradera en nuestro interior. El color, sin embargo, es una propiedad de la materia. Dotarlo de la dinámica temporal de la música supondría elevarlo a categorías estéticas capaces de ejercer un impacto en el oyente imprevisible. Puede comprobarse, a modo de ejemplo, en su preludio Chant d’extase dans un paysage triste, donde los sonidos del piano, según cuenta el compositor y doy fe de que así sucede, sugieren variaciones de colores grises, malva y azul prusia junto con una parte central de ‘brillo plateado’.

Otra característica deriva de su afición por la ornitología en la que llegó a ser un consumado especialista. Conocía el canto de un gran número de especies de aves que incluyó en un considerable número de sus obras, algunas monográficas como el Catalogue d’oiseaux. Estos sonidos representan la vivacidad de la vida natural, la belleza en su sencillez, espontaneidad y originalidad, de lo creado.

Además, es característico el empleo en sus obras sinfónicas de instrumentos y ritmos procedentes de otras culturas, esencialmente la hindú, que aportan disonancias a veces difíciles de entender para nuestra cultura occidental. Estos confieren a su obra una originalidad que lo ha convertido en uno de los compositores más innovadores del siglo XX, aunque puede resultar difícil de comprender al diferir de los cánones musicales a los que nuestros oídos están acostumbrados.

No obstante, a simple vista, consultando los catálogos de sus obras se puede observar un denominador común: el hecho religioso. En concreto, la religiosidad católica. Ferviente cristiano, toda su obra estuvo inspirada por su percepción de la filiación divina. Trató de ‘poner música a la palabra de Dios para darla a conocer a los no creyentes’. Por ello resulta impactante su obra. No extraña el efecto que la Natividad produjo en mi y en otros ya que, no en vano, su verdadero titulo es Meditaciones sobre la Natividad del Señor. No resulta difícil imaginar a Messiaen sentado al órgano en la soledad de la iglesia de la Santísima Trinidad, ante el Santísimo, componiendo diferentes obras. Su catolicismo queda de manifiesto en los títulos de la mayoría de sus obras: Himno al Santísimo SacramentoLa AscensiónLa TransfiguraciónMisasLa Natividad del SeñorMeditaciones sobre el misterio de la Santísima Trinidad, Visiones del Amen o su ópera San Francisco de Asís,…, entre otros muchos.

Un hecho trascendente que puso a prueba su fe ocurrió en junio de 1940 cuando fue apresado por las tropas nazis y trasladado al campo de concentración de Gorlitz, en la Silesia polaca. Durante el tiempo que estuvo internado en el mismo, como suele ocurrir con los hombres despiertos, no dejó de trabajar a pesar de las terribles condiciones del campo que incitaban a la desesperanza. Allí compuso el Quatuor pour la fin du temps (Cuarteto para el final de los tiempos). Es una obra para piano, violin, violoncello y clarinete que fue interpretada por primera vez en el patio de la prisión en enero de 1941, con el propio Messiaen al piano. El compositor siempre estuvo convencido de que lo invisible existe con mayor certeza que lo visible y que la belleza y el bien superan, con mucho, al horror y la tristeza. Este aspecto de la teología cristiana, derivado de la existencia de un Dios Padre, providente, que todo lo hizo bueno está presente en toda su obra. El cuarteto le fue inspirado en la prisión por el Apocalipsis de San Juan, en concreto por los versículos que dicen:

‘Vi también a otro Angel poderoso, que bajaba del cielo envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza, su rostro como el sol y sus piernas como columnas de fuego. En su mano tenía un libro abierto. Puso el pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra, y gritó con fuerte voz, como ruge el león. Y cuando gritó, siete truenos hicieron oír su fragor. Apenas hicieron oír su voz los siete truenos, me disponía a escribir cuando oí una voz del cielo que decía ‘Sella lo que han dicho los siete truenos y no lo escribas’. Entonces el ángel que había visto yo de pie sobre el mar y la tierra, levanto al cielo su mano derecha y juró por el que vive por los siglos de los siglos, el que creó el cielo y cuanto hay en él, la tierra y cuanto hay en ella, el mar y cuanto hay en él: ‘¡Ya no habrá dilación! sino que en los días en que se oiga la voz del séptimo ángel, cuando se ponga a tocar la trompeta, se habrá consumado el Misterio de Dios según lo había anunciado como buena nueva a sus siervos los profetas’ (Ap 10, 1-7).

En palabras del propio compositor el lenguaje musical de esta obra es etéreo, espiritual y católico, es decir universal. Intenta acercar al que lo escucha a lo eterno, lo inabarcable. Está dividido en ocho movimientos porque el siete es el número perfecto. Dios descansó en el séptimo día y este descanso se extenderá por toda la eternidad con lo que se llega al octavo movimiento que representa la luz de inagotable paz.

Siempre se ha propuesto realizar la oración, la comunicación íntima con Dios, en lugares que favorezcan el silencio porque en el se encuentra a Dios con mayor facilidad y hace más sencillo el recogimiento. No obstante, invito al que lea esto a escuchar atenta y activamente, como si de una oración se tratase, dos movimientos de esta composición: Louange a l’Eternité de Jesus y Louange a la inmortalite de Jesus. Las notas sencillas, repetitivas y acompasadas del piano proporcionan la sensación de algo inmutable, continuo; mientras que el sonido del violoncello en uno y del violín en otro, le confieren, con sus notas interminables, extremadamente lentas, una sensación espiritual de ternura y paz inabarcable, sin fin, la de la ‘Palabra del Señor resucitado, triunfante sobre el tiempo’. Y nosotros con El.

Autor: bernardinominana

Padre de familia, médico urólogo