Bienaventurados

Las Bienaventuranzas: El mensaje del Rey de la Paz

Quizás después de sentarse en la ladera del monte, Jesús se levantó y comenzó a moverse entre la multitud que lo escuchaba en completo silencio. Fijó su mirada —esa mirada que ha transformado la vida de millones— en cada rostro atento, y entonces el Rey de la Paz comenzó a hablar. Aquel mensaje, pronunciado hace siglos, sigue resonando con fuerza en nuestros corazones: las Bienaventuranzas, el núcleo del Evangelio.

La Ley escrita en nuestro interior, inscrita en la conciencia humana, fue allí perfeccionada. Las Bienaventuranzas no son meros dichos piadosos, sino una llamada radical a una felicidad que se contrapone a la que nos ofrece el mundo. Fue vivida plenamente por Cristo, especialmente en su Pasión. No solo la proclamo, sino que la encarnó.

“Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”

Jesús, manso y humilde de corazón, respondió con silencio y dignidad mientras era golpeado, escupido y ridiculizado con una corona de espinas. Su mansedumbre no fue debilidad, sino fortaleza sobrenatural. Rodeado de soldados y testigos mudos, incluso de burladores, mostró lo que significa ser Rey sin violencia.

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”

Es la aflicción del abandonado, del que sufre en soledad. Él mismo, abandonado por quienes le debían fidelidad, por aquellos a los que sanó, experimentó el abandono completo hasta el grito filial en la cruz ¿Por qué me has abandonado? Sólo su Madre y algunas mujeres le acompañaron —como tantas veces sucede en la historia cristiana. ¿Verdad, Adela?

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”

Despojado de todo, murió desnudo en la cruz. Sin posesiones, sin poder, sin defensa. Hasta sus ropas fueron sorteadas. Sin nada vino al mundo y sin nada marchó. Así enseñó el camino de la verdadera libertad, hoy inconcebible: el desprendimiento de todo lo material. La conciencia de no poseer nada y no ser poseído por nada creado.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”

No hay justicia plena fuera del Reino de Dios. Jesús fue el ajusticiado inocente, víctima de una justicia humana manipulada. Así suele ser con frecuencia. En Él, los que han sufrido injusticias en este mundo encuentran esperanza, porque Él mismo es el Juez último y verdadero. Ves el mundo lleno de comportamientos injustos y corruptos. ¡No corráis apresurados hacia la nada, pensando en que el único criterio es que no te pillen! hay una Justicia mayor que llega inexorable.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia”

Desde la cruz, en el umbral de la muerte, Jesús pronunció las palabras más puras jamás oídas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Esa es la cumbre de la misericordia humana. Así es la misericordia divina ¿No queremos ahora comenzar de nuevo, confiando en el Dios que nunca se cansa de perdonar?

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”

La pureza no es ingenuidad, es claridad interior. Libertad para entregarte a los demás. Jesús, con su cuerpo maltratado, expuesto y lacerado, mostró la belleza de un corazón puro que ama hasta el extremo. Frente a un mundo saturado de sensualidad banal, Cristo nos revela la dignidad del cuerpo humano, templo del Espíritu.

“Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios”

La paz es el nombre de Dios. Ninguna guerra puede justificarse en su nombre. Ni el aborto silencioso ni la violencia disfrazada de justicia. Lo entendieron san Juan Pablo II, el Papa Benedicto, el papa Francisco y, ahora el papa León. Lo entendió Cristo, que tumbado en sobre las piedras y el polvo del Gólgota, mientras taladraban sus miembros, abrió sus brazos como un signo de paz hasta el final de los tiempos.

“Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia”

El cristiano será siempre signo de contradicción. Si no es así en tu vida es que algo importante no funciona. Nunca ha habido tantos mártires como en nuestro tiempo. Ser testigo del Reino es aceptar la persecución como sello del discípulo. Así nos lo predijo. Si Jesús viniera hoy, volvería a ser condenado.


El mensaje que transforma el corazón

Jesús no habló a las naciones, sino a cada persona. Las Bienaventuranzas de Jesús no son una utopía, sino el mapa del Reino de Dios en el corazón humano. La regla del santo. Una humanidad que viviera conforme a estas palabras sería una humanidad redimida, reconciliada, libre.

Y cuando terminó, el Rey de la Paz, continuó diciendo:
VOSOTROS SOYS LA SAL DE LA TIERRA

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¿Quién escribe?

Bernardino Miñana.

Especialista en Urología

Clínica Universidad de Navarra

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