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4 junio, 2010

El orden de las cifras

por bernardinominana

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Actualidad. El presidente de los Estados Unidos de América, defensor del derecho a abortar de la mujer, Barak Obama, visita el campo de concentración de Buchenwald en Alemania. Un día antes en la universidad de El Cairo afirmó defender ‘la dignidad humana, la justicia y la tolerancia’. Una ministra del gobierno de España dice que ‘el feto de 12 semanas es un ser vivo pero que no es humano’ y añade que es un ‘hecho científico’. Uno de los candidatos a las elecciones europeas del partido en el poder dice que ‘en los tres primeros meses de gestación no hay vida susceptible de ser protegida’. Aunque parezcan no tener relación alguna estos hechos, sin embargo, están profundamente entrelazados como voy a argumentar.

Al finalizar la segunda guerra mundial el mundo entero quedó horrorizado al conocer lo ocurrido en las zonas dominadas por los nazis. Por primera vez en la historia, el ser humano fue aniquilado en los campos de concentración de forma sistemática, industrial, por pertenecer a otra raza, ser minusválidos, disidentes e, incluso, por ser homosexuales. El diagnóstico de lo acontecido fue compartido por todo el mundo: se atentó contra la dignidad humana intrínseca, porque decidieron arbitrariamente que no todos los humanos eran iguales en dignidad y, con ello, en derechos. A los que no consideraron ‘dignos de ser humanos’ los llamaron untermenschen (subhumanos). De esta forma pudo llevarse a cabo el exterminio de niños, ancianos, mujeres, familias enteras. Pero no sólo fueron exterminados, además fueron objeto de experimentos médicos atroces, como verdaderas cobayas humanas, sin precedentes en la historia.

Se había cuestionado la dignidad intrínseca del ser humano, aquella que está vinculada al ser mismo de cada persona desde su concepción hasta su muerte, independientemente de que no haya alcanzado aún todas las capacidades propias y distintivas del ser humano o de que las haya perdido por la edad o por la enfermedad.

Esta dignidad, que hace a todos los hombres iguales, no es un mero concepto filosófico o propio de una religión concreta, de hecho la defienden la práctica totalidad de las religiones conocidas, sino un hecho objetivo. Es inalienable, nadie la puede arrebatar. Por ello, los soldados que asesinaron a aquellas personas atentaron contra su dignidad pero ni con la mayor de las humillaciones, como en su ‘apretada’ desnudez en las cámaras de gas, pudieron arrebatársela.

La necesidad de evitar que algo similar volviese a ocurrir motivó la aprobación en 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo preámbulo, que inspira todo el texto, comienza exponiendo: ‘Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca… de toda la familia humana’. Quedaba claro que la igualdad de derechos humanos exige reconocer que todo ser humano es portador de una dignidad intrínseca por el mismo hecho de ser humano. Si, por el contrario, se define en base a criterios subjetivos o dominantes en una época concreta las consecuencias serían, como siempre lo fueron en el pasado, desastrosas. Piénsense en la esclavitud o en la marginación de la mujer.

Cuando una persona o grupos de ellas abusan de su libertad y no hacen honor a su dignidad de persona como ser social faltando al respeto obligado a la vida del prójimo, pueden acabar con la existencia de sus semejantes en el rango de las unidades, decenas, centenas o incluso millares, como ocurrió en los atentados del 11-S o del 11-M. Pero cuando lo que se cuestiona es la dignidad intrínseca de toda persona subordinándola al cumplimiento de ciertas características, el orden de las cifras de muertos es de millones, como se comprobó con los nazis, con las dictaduras comunistas del siglo XX,  con las recientes guerras étnicas en África, o con el aborto.

El aborto es un ejemplo paradigmatico de estas situación y, por ello, personas de escasa formación tienen que afirmar que un feto no es un ser humano. Es un hecho indiscutible que el embrión o el feto cuyo desarrollo no se interrumpe posee la dotación genética exclusiva del ser humano y que dará lugar, con una alta probabilidad, a una persona adulta con todas sus capacidades. Es un hecho que un recién nacido no es autosuficiente ni es todavía capaz de razonar y nadie discute su dignidad humana. Más aún, se está de acuerdo en que por su propia indefensión requiera de una especial protección. Por lógica extensión, así se debería aplicar a toda su vida desde la concepción y así se comportan los futuros padres extremando los cuidados de la madre especialmente en el primer trimestre. Si no que se lo pregunten a mis queridos Gema y Guillermo. En cambio, se propone una ley que hará del aborto en nuestro país un supuesto derecho que culminará con el aborto libre como ya lo viene siendo en este momento para nuestra vergüenza en un auténtico fraude de ley sin precedentes en nuestra democracia. No es válido argüir que en otros países se han aprobado leyes similares pues la voluntad de mayoría, caso de que así fuese, no implica que sea lo adecuado como lo demuestra que el propio partido nazi ganó las elecciones democráticamente o la esclavitud fue algo mayoritariamente aceptado.

Toda ideología que no está sustentada en la razón o que se elabora a partir de medias verdades, antes o después, llega a contradecirse en sus propios cimientos y esto es lo que ocurre en el feminismo radical que está detrás de esta propuesta. Por ello, sus defensores acaban realizando afirmaciones irreflexivas como las referidas al inicio de este artículo. No es necesario rebatir esas aseveraciones pues son absurdas lógica y científicamente. La decisión de la madre de interrumpir una vida humana biológicamente distinta de ella misma pero en cuyo seno se desarrolla, antepone un supuesto derecho de elegir al de la vida del nonato en clara situación de indefensión que, por eso mismo, debería ser especialmente protegida. Si esta ideología se hubiese aplicado sistemáticamente probablemente sus propios defensores no hubiesen nacido y no hubiesen podido elaborar y proponer sus ideas con lo que se cierra el círculo de la contradicción radical.

Paradójicamente, lo que pretende ser un derecho de la mujer es una aberración que se vuelve contra ella ya en el propio seno materno. Dejando al margen el sufrimiento físico, mental y moral de la mujer que aborta, que no es una cuestión baladí, ya se puede constatar en los países asiáticos con superpoblación, en los que el aborto es práctica habitual, un hecho terrible: el aborto selectivo de mujeres. Efectivamente, desde la introducción y difusión de la ecografía como método de diagnostico prenatal en esos países, el aborto selectivo de mujeres se está imponiendo. Simplemente, son menos ‘deseables’ porque pueden concebir. Son las consecuencias de cuestionar lo esencial: se extermina precisamente a las mujeres por ser en las que se genera y desarrolla la vida. Y se llama feminismo o progresismo.

Llevando a límites insospechados de perplejidad este atentado contra la dignidad humana, la nueva propuesta de ley aborto propone que las mujeres de 16 años puedan llevarlo a cabo sin permiso de sus padres. Como siempre, las contradicciones en que incurre son múltiples y evidentes (no pueden votar, no pueden comprar tabaco o alcohol, etc.) pero la esencial se encuentra en su propio argumento. Se arguye que la Ley de Autonomía del paciente (Ley 41/2002 de 14 de noviembre) permite que se lleven a cabo intervenciones sin consentimiento paterno a partir de los 16 años, pero se omite que en su introducción, inspirando todo su contenido, la propia ley hace referencia a la dignidad humana intrínseca y a la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos antes comentada. En buena lógica obligaría a preservar por encima de todo la vida del nonato como ser humano desde su concepción… ¡salvo que decidamos arbitrariamente que no es humano!

Finalizo diciendo que nuestros gobernantes, en tanto que tales, son poseedores de una dignidad que no es intrínseca sino que les ha sido concedida por el pueblo para que nos representen y desarrollen un programa que se ha considerado mayoritariamente el apropiado para el periodo temporal en que ejercen el poder. La ley del aborto nunca ha estado en el programa electoral del partido gobernante. Por ello, la mera aprobación fuera de programa de una ley de tal importancia los convierte en indignos de permanecer ostentando la responsabilidad que la sociedad les ha atribuido. No entro en otras consideraciones como la runa económica a la que nos han llevado porque para arruinarse primero hay que estar vivo. Lo que auguro es que el partido gobernante será desalojado del poder y pasará en el futuro momentos muy difíciles entrando en un proceso de disolución sin precedentes por haber enfermado de un relativismo que es un cáncer incurable sin medidas radicales. Mientras tanto, la sociedad entera, las mujeres en particular, y los no nacidos pagarán las consecuencias.

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