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Entradas de la categoría ‘Sociedad’

20
Oct

La mujer, el ser más excepcional

IMG_2119Cada vez contemplo con más admiración y asombro a las mujeres. Quizás sea parte de mi penitencia. Por la razón que sea, que la intuyo, se me presentan de forma especialmente clara rasgos de su ser genérico que la ennoblecen, que la elevan por encima de otras criaturas. Si durante buena parte de mi vida me llamo la atención principalmente su gracia en el sentido estético, es decir, su belleza, su elegancia, su coquetería…, hoy en día lo hacen sobre todo sus gracias o dones característicos y, de forma especial, la manera en que se manifiesta en ella la gracia divina.

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14
Ene

Sostenibilidad de la sanidad pública I. La irresponsabilidad

Morales

En pleno conflicto sanitario por la externalización para la gestión privada completa de hospitales en Madrid (lo cual es un grave error que trataré de explicar en otro post), incluyo en esta entrada un artículo mío publicado en el diario La Verdad de Murcia el 1 de julio de 2010. Leer Más »

14
Dic

Relativismo y crisis actual en España

Hoy ha sido nombrado Jaime Mayor Oreja Doctor Hororis Causa por la UCAM apadrinado por José María Aznar que ha pronunciado la Laudatio. Su discurso de aceptación se ha titulado ‘La fortaleza de la verdad frente al relativismo‘. Certero en el diagnóstico. Leer Más »

11
Nov

GEPAC

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Ayer impartí una conferencia sobre cáncer de próstata en el VII Congreso Nacional para Pacientes con Cáncer organizado por GEPAC (Grupo Español de pacientes con cáncer). Fue para mi una experiencia muy satisfactoria y enriquecedora. Poder compartir mesa y mantel con voluntarios, pacientes y colegas relacionados con la atención sanitaria oncológica en una salón repleto de pacientes me llenó de satisfacción. Leer Más »

4
Jun

El orden de las cifras

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Actualidad. El presidente de los Estados Unidos de América, defensor del derecho a abortar de la mujer, Barak Obama, visita el campo de concentración de Buchenwald en Alemania. Un día antes en la universidad de El Cairo afirmó defender ‘la dignidad humana, la justicia y la tolerancia’. Una ministra del gobierno de España dice que ‘el feto de 12 semanas es un ser vivo pero que no es humano’ y añade que es un ‘hecho científico’. Uno de los candidatos a las elecciones europeas del partido en el poder dice que ‘en los tres primeros meses de gestación no hay vida susceptible de ser protegida’. Aunque parezcan no tener relación alguna estos hechos, sin embargo, están profundamente entrelazados como voy a argumentar.

Al finalizar la segunda guerra mundial el mundo entero quedó horrorizado al conocer lo ocurrido en las zonas dominadas por los nazis. Por primera vez en la historia, el ser humano fue aniquilado en los campos de concentración de forma sistemática, industrial, por pertenecer a otra raza, ser minusválidos, disidentes e, incluso, por ser homosexuales. El diagnóstico de lo acontecido fue compartido por todo el mundo: se atentó contra la dignidad humana intrínseca, porque decidieron arbitrariamente que no todos los humanos eran iguales en dignidad y, con ello, en derechos. A los que no consideraron ‘dignos de ser humanos’ los llamaron untermenschen (subhumanos). De esta forma pudo llevarse a cabo el exterminio de niños, ancianos, mujeres, familias enteras. Pero no sólo fueron exterminados, además fueron objeto de experimentos médicos atroces, como verdaderas cobayas humanas, sin precedentes en la historia.

Se había cuestionado la dignidad intrínseca del ser humano, aquella que está vinculada al ser mismo de cada persona desde su concepción hasta su muerte, independientemente de que no haya alcanzado aún todas las capacidades propias y distintivas del ser humano o de que las haya perdido por la edad o por la enfermedad.

Esta dignidad, que hace a todos los hombres iguales, no es un mero concepto filosófico o propio de una religión concreta, de hecho la defienden la práctica totalidad de las religiones conocidas, sino un hecho objetivo. Es inalienable, nadie la puede arrebatar. Por ello, los soldados que asesinaron a aquellas personas atentaron contra su dignidad pero ni con la mayor de las humillaciones, como en su ‘apretada’ desnudez en las cámaras de gas, pudieron arrebatársela.

La necesidad de evitar que algo similar volviese a ocurrir motivó la aprobación en 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo preámbulo, que inspira todo el texto, comienza exponiendo: ‘Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca… de toda la familia humana’. Quedaba claro que la igualdad de derechos humanos exige reconocer que todo ser humano es portador de una dignidad intrínseca por el mismo hecho de ser humano. Si, por el contrario, se define en base a criterios subjetivos o dominantes en una época concreta las consecuencias serían, como siempre lo fueron en el pasado, desastrosas. Piénsense en la esclavitud o en la marginación de la mujer.

Cuando una persona o grupos de ellas abusan de su libertad y no hacen honor a su dignidad de persona como ser social faltando al respeto obligado a la vida del prójimo, pueden acabar con la existencia de sus semejantes en el rango de las unidades, decenas, centenas o incluso millares, como ocurrió en los atentados del 11-S o del 11-M. Pero cuando lo que se cuestiona es la dignidad intrínseca de toda persona subordinándola al cumplimiento de ciertas características, el orden de las cifras de muertos es de millones, como se comprobó con los nazis, con las dictaduras comunistas del siglo XX,  con las recientes guerras étnicas en África, o con el aborto.

El aborto es un ejemplo paradigmatico de estas situación y, por ello, personas de escasa formación tienen que afirmar que un feto no es un ser humano. Es un hecho indiscutible que el embrión o el feto cuyo desarrollo no se interrumpe posee la dotación genética exclusiva del ser humano y que dará lugar, con una alta probabilidad, a una persona adulta con todas sus capacidades. Es un hecho que un recién nacido no es autosuficiente ni es todavía capaz de razonar y nadie discute su dignidad humana. Más aún, se está de acuerdo en que por su propia indefensión requiera de una especial protección. Por lógica extensión, así se debería aplicar a toda su vida desde la concepción y así se comportan los futuros padres extremando los cuidados de la madre especialmente en el primer trimestre. Si no que se lo pregunten a mis queridos Gema y Guillermo. En cambio, se propone una ley que hará del aborto en nuestro país un supuesto derecho que culminará con el aborto libre como ya lo viene siendo en este momento para nuestra vergüenza en un auténtico fraude de ley sin precedentes en nuestra democracia. No es válido argüir que en otros países se han aprobado leyes similares pues la voluntad de mayoría, caso de que así fuese, no implica que sea lo adecuado como lo demuestra que el propio partido nazi ganó las elecciones democráticamente o la esclavitud fue algo mayoritariamente aceptado.

Toda ideología que no está sustentada en la razón o que se elabora a partir de medias verdades, antes o después, llega a contradecirse en sus propios cimientos y esto es lo que ocurre en el feminismo radical que está detrás de esta propuesta. Por ello, sus defensores acaban realizando afirmaciones irreflexivas como las referidas al inicio de este artículo. No es necesario rebatir esas aseveraciones pues son absurdas lógica y científicamente. La decisión de la madre de interrumpir una vida humana biológicamente distinta de ella misma pero en cuyo seno se desarrolla, antepone un supuesto derecho de elegir al de la vida del nonato en clara situación de indefensión que, por eso mismo, debería ser especialmente protegida. Si esta ideología se hubiese aplicado sistemáticamente probablemente sus propios defensores no hubiesen nacido y no hubiesen podido elaborar y proponer sus ideas con lo que se cierra el círculo de la contradicción radical.

Paradójicamente, lo que pretende ser un derecho de la mujer es una aberración que se vuelve contra ella ya en el propio seno materno. Dejando al margen el sufrimiento físico, mental y moral de la mujer que aborta, que no es una cuestión baladí, ya se puede constatar en los países asiáticos con superpoblación, en los que el aborto es práctica habitual, un hecho terrible: el aborto selectivo de mujeres. Efectivamente, desde la introducción y difusión de la ecografía como método de diagnostico prenatal en esos países, el aborto selectivo de mujeres se está imponiendo. Simplemente, son menos ‘deseables’ porque pueden concebir. Son las consecuencias de cuestionar lo esencial: se extermina precisamente a las mujeres por ser en las que se genera y desarrolla la vida. Y se llama feminismo o progresismo.

Llevando a límites insospechados de perplejidad este atentado contra la dignidad humana, la nueva propuesta de ley aborto propone que las mujeres de 16 años puedan llevarlo a cabo sin permiso de sus padres. Como siempre, las contradicciones en que incurre son múltiples y evidentes (no pueden votar, no pueden comprar tabaco o alcohol, etc.) pero la esencial se encuentra en su propio argumento. Se arguye que la Ley de Autonomía del paciente (Ley 41/2002 de 14 de noviembre) permite que se lleven a cabo intervenciones sin consentimiento paterno a partir de los 16 años, pero se omite que en su introducción, inspirando todo su contenido, la propia ley hace referencia a la dignidad humana intrínseca y a la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos antes comentada. En buena lógica obligaría a preservar por encima de todo la vida del nonato como ser humano desde su concepción… ¡salvo que decidamos arbitrariamente que no es humano!

Finalizo diciendo que nuestros gobernantes, en tanto que tales, son poseedores de una dignidad que no es intrínseca sino que les ha sido concedida por el pueblo para que nos representen y desarrollen un programa que se ha considerado mayoritariamente el apropiado para el periodo temporal en que ejercen el poder. La ley del aborto nunca ha estado en el programa electoral del partido gobernante. Por ello, la mera aprobación fuera de programa de una ley de tal importancia los convierte en indignos de permanecer ostentando la responsabilidad que la sociedad les ha atribuido. No entro en otras consideraciones como la runa económica a la que nos han llevado porque para arruinarse primero hay que estar vivo. Lo que auguro es que el partido gobernante será desalojado del poder y pasará en el futuro momentos muy difíciles entrando en un proceso de disolución sin precedentes por haber enfermado de un relativismo que es un cáncer incurable sin medidas radicales. Mientras tanto, la sociedad entera, las mujeres en particular, y los no nacidos pagarán las consecuencias.

26
Ene

¿Quién tiene derecho?

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De nuevo en marcha, en la medida en que el  poco tiempo del que dispongo me lo permite, pero siempre el 26 de enero.

En nuestro país está a punto de aprobarse una ley de plazos que permitirá el aborto libre hasta la 14ª semana. Una sociedad que consiente el aborto es una sociedad enferma, con una ceguera moral que la lleva a su propia destrucción. Pero el ethos social, en última instancia, es expresión de la ceguera o indiferencia individual. Experiencias similares, de error o indiferencia masiva, han pasado serias facturas en otras épocas de la historia y esta no será una excepción.

Además, es intención del partido en el gobierno y de sus socios que pueda levarse a cabo a partir de los 16 años, en plena minoría de edad y sin consentimiento de los padres. Esto, en términos prácticos, supone la certificación oficial del derecho a matar incluso a una edad en la que ni siquiera se considera a una persona ‘madura’ para votar. En realidad, la destrucción de un ser humano se equiparará a un método anticonceptivo más. Se agotan los calificativos para definir la situación. ¡Cuánta pena y dolor por los cientos de miles de niños no nacidos que van a ser asesinados ante nosotros mientras la vida continua igual!. ¿Qué sociedad puede permitirse semejante infamia, por hablar sólo en términos morales? ¡Esta es la verdadera crisis actual! Al fin y al cabo la otra, la económica, sólo nos puede arruinar.

No podemos admitir que aunque, por ceguera, mayoritariamente se pudiera estar a favor o, al menos no en contra, hechos estos por demostrar, pueda ser una decisión correcta. El error no es monopolio de las minorías, también puede afectar a las mayorías: durante siglos se justificó la esclavitud, la mujer fue marginada, los nazis en Alemania ganaron unas elecciones democráticas,…, entre otros muchos ejemplos. Las experiencias del pasado deben servirnos para no incurrir en errores similares, especialmente cuando suponen cuestionar la dignidad humana. Esta es la esencia del problema: negar la dignidad de la persona lleva necesariamente, antes o después, a negar el derecho a la vida. De los débiles en primer lugar y de los molestos al ‘sistema’ después.

Que la vida del hombre es sagrada ha sido algo entendido desde siglos. Homo homini res sacra est, el hombre es sagrado para el hombre, afirmaba Cicerón y sólo fue cuestionado ‘oficialmente’ por los totalitarismos materialistas que sitúan al estado, a la nación o a las ideologías por encima de la dignidad humana. El resultado lógico: más de cien millones de personas asesinadas sólo en el último siglo. Los códigos deontológicos médicos, desde Hipócrates de Cos en el siglo V antes de Cristo, han considerado como una aberración ética punible cualquier práctica abortiva. No es una cuestión cultural, por ello la vida humana en todas sus etapas es defendida por todas las civilizaciones y religiones. Las que así no lo hicieron y sacrificaron humanos a sus dioses desaparecieron ahogados en su propia contradicción cuando entraron en contacto con otras. ¿A qué dios se sacrifican hoy estas criaturas? Lo diré claro: al del egoísmo, al de la comodidad, al de la falta de responsabilidad individual e, incluso, al de la avaricia. Si no, que se lo pregunten a los directores de las clínicas abortistas.

Ninguno de los adalides de esta ley puede, sin incurrir en contradicción, reivindicar un mundo en paz. No existe paz sin justicia y no puede haber justicia si se desprecia la dignidad humana. Este es un terrible paso atrás en la lucha por un mundo mejor, equitativo y en paz. Lo desalentador es el grado de irreflexión de quienes proponen y aprueban semejante aberración en defensa de una ideología, de un feminismo antinatural y extremista que, precisamente con este resultado confirma su carácter falso y absurdo.

Como si el derecho a decidir de la mujer se antepusiese al de una criatura, genética y biológicamente diferente, no autosuficiente como tampoco lo es un recién nacido.

¿Quién se otorga el derecho a acabar con la vida de un niño? Porque, en potencia, si no se impide, cada embrión es un niño y tiene su misma dignidad. Si se quiere ir más allá, sin demagogia alguna, en potencia es un hombre o mujer estadista, científico, artista, un trabajador cualquiera, un luchador infatigable por una sociedad más justa, …o un minusválido a quien proteger. Siempre una persona con su carácter individual e irrepetible, con sus sentimientos y vivencias, raíz de su dignidad humana. ¿Quién tiene derecho a sustraerle la posibilidad de experimentar la vida consciente? ¿Quién a evitar que sea amado por si mismo o a dar su propio amor a los demás?¿Quién a impedirle el disfrute de lo bello, a evitar que se conmueva con la audición de la overtura del Fidelio de Beethoven, la contemplación de un atardecer o de una pintura de Van Gogh?

Este hecho es algo tan evidente que para aprobar la despreciable ampliación de la ley del aborto, es necesario argumentarlo con falsedades y llevarlo a cabo, en la medida de lo posible, a escondidas. Esto no es una opinión personal, es un hecho indiscutible. Algunos datos:

  • La ley del aborto nunca ha figurado en el programa político del partido en el gobierno. Obviamente, porque es una medida que puede repugnar a una parte de sus propios votantes al apelar a su conciencia. Han esperado a ostentar el poder para imponerlo. Esto es un claro fraude a las ‘expectativas’ democráticas.
  • Las comisiones de ‘expertos’ están sesgadas por estar constituidas mayoritariamente por personas ideológicamente afines cuyo único objetivo es dar apariencia de consenso a una ley previamente decidida. ¡Qué grado de desprecio y ofensa a la inteligencia de los ciudadanos supone semejante representación!
  • El debate real, con objetividad y equidad, se sustrae a la ciudadanía. No sólo a través de los cauces políticos oficiales sino también a través de unos medios de comunicación mayoritariamente empeñados en no molestar al poder de turno que les sostiene con sus subvenciones.
  • El Presidente del Gobierno, en un programa de televisión, se niega a contestar si un embrión es un ser humano con derechos apelando a que es una materia cuestión… ¡de debate ‘científico’! ¿Es posible semejante falta de criterio?
  • En el mismo programa sostiene que está de acuerdo con la doctrina al respecto del Tribunal Constitucional. ¿Qué dice esta? Pues que según nuestro ordenamiento jurídico el aborto es un delito. Por ello, establece sólo tres excepciones, correspondientes con situaciones límite, en las que se podría considerar legal: grave riesgo para la salud de la madre (físico o psíquico), violación o grave malformación del feto. La única sentencia del tribunal Constitucional, esa que dice respaldar nuestro presidente, establece lo contrario de lo que se pretende con la nueva ley. Sin comentarios.
  • Nuestro Sistema Nacional de Salud dispone de recursos necesarios para llevar a cabo el aborto en los excepcionales supuestos referidos. A pesar de ello, los datos son inequívocos: el 97% de los abortos se llevan a cabo apelando al riesgo psíquico (el menos objetivo) de la madre y el 98% se realizan en centros privados. Obviamente, porque la mayor parte de ellos están realmente fuera de los supuestos legislados y confirmados por nuestro tribunal Constitucional
  • Naturalmente, la lógica empresarial, perversamente deshumanizada, lleva a  tratar de aumentar la producción reduciendo costes para así incrementar los beneficios. Por ello, se realizan abortos en todas las etapas de la vida intrauterina; con frecuencia, el personal no dispone de la cualificación mínima necesaria; se han constatado informes psiquiátricos firmados de antemano; los restos de los embriones y fetos, son triturados antes de hacerse desaparecer por los desagües, etc. ¡Que monstruosa analogía de estas etapas con el asesinato sistemático llevado a cabo en los campos de exterminio! Y es que siempre que se realizan prácticas que repugnan a las conciencias bien formadas no queda más remedio que intentar hacerlas a escondidas y procurando no dejar pruebas.
  • Las autoridades sanitarias autonómicas están obligadas al control de estas situaciones mediante inspecciones periódicas. A pesar de ello, tienen que ser las fuerzas de seguridad del Estado, en respuesta a denuncias de particulares, las que pongan de manifiesto las actividades delictivas que en ellas se llevan a cabo.
  • Los delitos de las clínicas abortistas se permiten y hasta se financian indirectamente mediante la concesión de conciertos públicos de otros procesos que permiten balances adecuados de su cuenta de resultados y, con ello, su subsistencia. Y esto… ¡en cualquier Comunidad Autónoma!
  • Cuando se descubre que alguna clínica privada lleva a cabo estas acciones fraudulentas y criminales, tras el impacto de la noticia inicial, rápidamente desaparece del plano de la actualidad… porque no es políticamente correcto significarse.

¿Qué nos está ocurriendo? ¿Cómo es posible semejante fraude de ley masivo políticamente tolerado? ¿Permitiríamos una situación de fraude similar si se refiriese a otra materia como la gestión de fondos públicos?

Quien todo esto denuncia es alguien que, por su profesión, conoce que el ser humano en situación de indefensión (enfermedad física o psíquica, abandono familiar, etc.) es especialmente susceptible de atentados contra su dignidad en aras de supuestos derechos como, por ejemplo, el del ‘progreso de la investigación científica’. En este sentido, parece ser que el gobierno también quiere legislar acerca de la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios. No tienen ninguna posibilidad conmigo ni con otros muchos ¡Ninguna autoridad en la tierra es capaz de obligarme a ceder en materia de conciencia! ¡Nunca acataré una ley que me obligue a atentar contra la dignidad del ser humano porque es atentar contra mi propia esencia y la de mis semejantes!

No podemos permanecer indiferentes. ¡Es momento de decir basta de atrocidades en el supuesto nombre de una sociedad desarrollada!¡Basta de mentiras!¡ Basta de eslóganes artificiales y vacuos, exentos de racionalidad y de sentimientos!¡Basta de corromper la democracia utilizando sus resortes para el engaño masivo y la imposición de ideologías que, como todas, son pasajeras! Es necesario oponerse con todas las fuerzas a estas aberraciones sobreponiéndose al esfuerzo y cansancio que produce el trabajar contracorriente. Es una causa noble y no estamos solos.

¡Que encomiable, luminosa y esperanzadora es por tanto la labor de todos aquellos que luchan contra esta injusticia desde agrupaciones como Derecho a vivir, entre otras muchas ! Y, con ellas, la Santa Iglesia Católica, siempre del lado de la vida, don de Dios al hombre hecho a imagen y semejanza Suya.

No podemos olvidar aquellas palabras que atraviesan los tiempos y que encuentran sentido precisamente en estas circunstancias, ‘Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados’.

23
Oct

La roca y las arenas movedizas

Vaticano

Sólo tenemos una vida. Sólo tenemos una oportunidad. Sólo hay una vida terrena y lo que tengamos que hacer no lo va a poder hacer nadie por nosotros. Cada persona, con sus circunstancias, es una realidad única dotada de libertad para, según su razón y conciencia, actuar intencionalmente sobre el mundo que le rodea.

Si no hubiese un sentido de la vida, nos veríamos abocados al absurdo de luchar…¡para alcanzar la muerte! Pero, si hay un sentido verdadero, con perdón por la redundancia, este debe ser razonable para que lo podamos captar y su evidencia debe sustentarse, entre otras cosas, en que no incurre en contradicciones. Si algo resplandece como verdadero, debe serlo en todas las circunstancias y no dependiendo de ellas.

Digo esto en relación a la postura de la Iglesia Católica como abanderada de lo que se ha llamado ‘cultura de la vida’ en oposición a aquella ‘cultura de la muerte’ según la cual el valor de la vida es algo relativo a la circunstancia en la que se considera.

El papa Benedicto XVI ha dicho ante la Pontificia Academia para la Vida que no sólo los creyentes sino la sociedad entera tiene el compromiso de respetar la vida y dignidad de aquellas personas que están muriendo. Por otra parte, en el 37º Congreso de un partido político de mi país se ha tratado sobre el ‘derecho a una muerte digna’ aunque desde una perspectiva opuesta. Ambos coinciden en que el ser humano merece morir con dignidad evitando cualquier encarnizamiento terapéutico para prolongar innecesariamente la vida. ¿En qué se diferencian pues ambas posturas? Parece claro que todos vemos la misma realidad pero nos aproximamos a ella desde prismas distintos y por ello la interpretamos de forma diferente. La perspectiva que menos distorsione la realidad para adecuarla a lo que nos gustaría que fuese, en lugar de lo que realmente es, será la adecuada, la que nos proporcione seguridad para afrontar la vida. Un ejemplo lo puede aclarar.

Hace un par de semanas, una profesora de mis hijos me contaba como falleció su marido tras una larga y penosa enfermedad consuntiva. Lo hizo en la cama de su casa, con un control razonable del dolor y de la disnea (sensación de ahogo), abrazado a su mujer, cogido de las manos de sus hijos… y con paz. Es la objetivación de la doctrina de la Iglesia Católica al respecto. La otra aproximación justificaría que el enfermo, por no soportar el trance (que todos hemos de pasar de una forma u otra), por no sufrir ‘razonablemente’ (dados los avances de la medicina paliativa), o por no ser una ‘carga’ para su familia, sólo o asistido, decidiese poner fin a su vida, suicidándose.

La primera actitud considera que la vida es un don divino y que el hombre no tiene derecho a interrumpirla. Que debe vivirla con gallardía hasta el final, enfrentándose al fin natural de su existencia con la esperanza de una vida futura, eterna. La segunda  tiene su razón de ser en el concepto de autopropiedad, de que somos dueños de nuestro cuerpo y hacemos con él lo que queremos. Esto, además, debería ser considerado un derecho con su correspondiente soporte legislativo. La primera escena referida por la profesora irradia luminosidad, ternura, paz, consecuencia generalmente de una existencia fructífera y una vida familiar plena. La segunda refleja un solipsismo triste y resignado, lleno de desesperanza, a veces disfrazado de generosidad.

Si nos centramos en la línea argumental de ambas posiciones resulta evidente que la menos distorsiona la realidad, la más consecuente, es la que proclama la llamada cultura de la vida por el hecho de que en ninguna de sus propuestas incurre en contradicciones. Defiende la vida en toda circunstancia (frente a la guerra, a la pena de muerte, el terrorismo o cualquier otro tipo de violencia asesina), especialmente la de los más débiles (el no nacido, el anciano o el enfermo). No sólo la defiende sino que la promueve resaltando siempre su dignidad inalienable.

La otra, centrada en la propiedad del cuerpo como si fuese un objeto externo a nosotros mismos te conduce a la contradicción precisamente en el lugar donde todo empieza: en el seno materno. Dos ‘cuerpos’, el de la madre y el del hijo, compiten por el ‘derecho de propiedad’. A uno hay que quitarle un derecho para salvaguardar el del otro. ¿Quién pierde? El débil, el que no puede defenderse. Es la injusticia que resulta de considerar a la persona no como un ser corpóreo sino como un ser ‘que posee un cuerpo’. ‘El ser dueño del propio cuerpo es socialista’ ha dicho el ministro de sanidad de España que, consecuentemente, desea extender los supuestos que despenalizan el aborto y regular el suicidio asistido.

Por ello, la Iglesia Católica es la roca, la piedra cimentada sobre Pedro, aquel que no supo ser fiel por tres veces en aquella noche de frío y desesperanza y que desde entonces, destaca firme y luminosa rodeada por las arenas movedizas del relativismo que engullen sin remedio en su oscuridad a quien se adentra en ellas.