
Tu poder está en tu intención
Las personas somos los únicos seres capaces de establecer RELACIONES INTENCIONALES con lo que nos rodea. Llevamos a cabo acciones dirigidas por nuestra intención, directa o indirectamente, que ponen en marcha reacciones causales. De esa forma transformamos el mundo, empezando por lo más cercano. Este es nuestro mayor poder y la base de nuestra responsabilidad.
Esas acciones intencionales, repetidas en la buena dirección, generan resultados buenos, aumentando nuestra confianza y ayudando a que el mundo sea mejor. Lo opuesto también es cierto.
NUESTRA INTENCIÓN CARECE DE SUSTRATO CEREBRAL O MATERIAL. Sin embargo, determina nuestra mentalidad. Si da origen a pensamientos de derrota, de incapacidad, de ausencia de valor personal, promueven una mentalidad negativa que pone en marcha circuitos neuro-hormonales, estos sí orgánicos, que incrementan la liberación de hormonas de stress y son el origen de muchos de los males de nuestros días. Especialmente si en nosotros existen varias corrientes vitales.
Podemos ir por la vida con el piloto automático, reaccionando a lo que nos ocurre o podemos vivir despiertos siendo conscientes del poder que tenemos y ejercerlo. Si no somos conscientes de esto, nuestra confianza va a depender de la aceptación u opinión de otros, o de las circunstancias. Por eso, los ‘like’ están haciendo tantos prisioneros.
En cambio, si somos dueño de nuestra vida, la intención con la que hacemos las cosas está influida por una INTENCIÓN FUNDAMENTAL que está detrás fundamentando todo, como expuso Dietrich Von Hildebrand. En mi caso, hacer la voluntad De Dios en cada momento.
En todo momento somos dueños de cambiar nuestra mentalidad si sustituimos los pensamientos negativos por pensamientos positivos procedentes de una intención sana, dirigida al bien. Pensamientos que incluyan una versión nuestra real, con nuestras limitaciones pero con deseos de aprender de los fallos, de levantarnos ante las derrotas, de celebrar las victorias, de agradecer… Es una decisión consciente, intencional, que procede de lo inmaterial pero que, si la repetimos, da lugar a que nuestro cerebro reorganice o cree nuevos circuitos neuronales. Esta neuroplasticidad dura toda nuestra vida y por eso, siempre estamos a tiempo de recomenzar. Para ello, hay que ser reverente y aceptar la realidad. No puedes cambiar nada si vives en la mentira o en el error.
En todo caso, los grandes cambios en nuestra vida no proceden de inspiraciones o vivencias momentáneas por intensas que puedan ser, sino de pequeñas acciones realizadas intencionalmente, de forma repetida, hasta convertirlas en hábitos.
Es importante dedicar tiempos diarios, recogidos, a conectar con nuestra esencia, con nuestra INTENCIÓN FUNDAMENTAL. Comenzando por el inicio de cada día.
