
El Primer Círculo: El Círculo Trascendente.
En el camino hacia una vida con propósito, todo comienza con una creencia en algo o alguien que da sentido a todo a nuestro alrededor. Por eso lo llamo el círculo de la trascendencia o de la fe. No se limita exclusivamente a una fe religiosa —aunque en mi caso lo es—, sino de una convicción profunda que da sentido a nuestras decisiones, motivaciones y objetivos, a nuestra INTENCIÓN FUNDAMENTAL.
Dejad que os explique lo que entiendo por el círculo trascendente a través de la experiencia de mi propia vida profesional. Es eso, lo vivido, con mayor o menor fortuna, lo que me legitima.
Toma de conciencia
Tomé la decisión de hacerme médico alrededor de los 14 años tras ver a mi madre enferma en cama. Realmente, es la única vez que recuerdo haberla visto en cama. El médico vino a casa y me impresionó. Pensé que de esa forma podría ayudar a gente necesitada como ella en aquel momento. Además, veía en mi entorno que los médicos eran personas socialmente respetadas y reconocidas. Y todo ello sin tener una vocación clara a especialidad médica alguna y careciendo de antecedentes familiares. Así, con esa mezcla de motivación intrínseca y extrínseca, acabé cursando la carrera de medicina en Valencia y posteriormente la especialidad de Urología en el Hospital 12 de Octubre de Madrid.
Poco a poco, mi fe cristiana fue impregnando todos los aspectos de mi vida y el profesional no podía quedar al margen. Consideré que aquellas palabras escritas ‘lo que hicisteis a estos, a mí me lo hicisteis’ me afectaban directamente e implicaban ver en nuestros pacientes al mismo Cristo que sufre y en nuestros compañeros a nuestro prójimo.
Si nuestro fin último es dar gloria a Dios con nuestra vida, con nuestras acciones, si Dios es amor y como he escrito en otra parte del blog, nuestra última esencia precisamente es esa, que somos seres amados y que aman, cuando amamos, no somos sino sólo una correa de transmisión de un amor superior dirigido hacia aquellos que se nos han puesto en nuestro camino. Y eso es algo más serio de lo que parece porque siempre va dirigido hacia las personas. En nuestro ámbito profesional, claramente debe orientarse hacia nuestros pacientes, compañeros y todos los que están en contacto con nosotros. Ahí debía radicar el propósito último, el secreto que nos transciende y que obliga a que nuestras acciones profesionales, como cualquier otra, sean ofrecidas al Altísimo. Y esa ofrenda no podía ser de cualquier cosa, ni de cualquier forma, sino que debíamos procurar que fuese lo mejor de nosotros mismos, dentro de nuestras limitaciones. Lo que cuenta es la intención con que lo hacemos, esa capacidad nuestra que no tiene su origen en sustrato anatómico alguno sino en algo inmaterial.
Cuando percibes y aceptas esto, tu mirada se torna diferente, reverente ante una nueva realidad que ya no sólo no te ofrece duda alguna, sino que te refuerza constantemente. Y te das cuenta de que ese es el secreto de la felicidad en tu vida y, en consecuencia, también en tu ámbito profesional. Que la llave del éxito profesional es precisamente la misma que abre las puertas que conducen al éxito en los otros ámbitos de tu vida, en el familiar, en el de tus amistades y en el social.
Es entonces cuando tus actos, lo que has estado haciendo hasta entonces, cobran una nueva dimensión y poseen un valor especial y tiene su lógica. Y eso afecta a toda la estructura de nuestra vida profesional.
La paradoja del éxito
Ciertamente, he comprobado que no se limita sólo a ser una actitud interna vital, sino que acaba condicionando el éxito de nuestra vida profesional.
Consideremos primero nuestra motivación intrínseca. Si eres una persona comprometida, que le gusta atender bien a los pacientes, con detenimiento, que es consciente de que dedicarles tiempo es fundamental no sólo para poder llegar a un diagnóstico correcto, sino también para conocer sus valores y preferencias que después serán fundamentales a la hora de tomar decisiones compartidas, tenderás a frustrarte cuando te enfrentes a agendas sobrecargadas, con un tiempo limitado y con recursos escasos que, además, con frecuencia fallan. Porque nada de eso depende de ti.
Igualmente, si como todos, esperas un reconocimiento a tu labor, a un buen desempeño, lo que hemos llamado motivación extrínseca, ningún entorno te garantiza que esto vaya a ser así. Puedes darlo todo y no recibir el menor reconocimiento, ya que es algo que depende de terceros. Hay muchos factores que pueden impedirlo: un jefe que no sea capaz de reconocer los méritos de su equipo, envidias profesionales, indiferencia de unos a otros, etc. Por tanto, también te puede frustrar.
Cuando la motivación económica es la que te domina, trabajarás de sol a sol, por la mañana y por la tarde hasta altas horas de la noche, porque en la medicina privada comprobarás que el volumen de tus ingresos es tiempo-dependiente. Acabarás generándote unas necesidades que te obligarán a estar trabajando todo el día, descuidando otros ámbitos de tu vida.
Todos tenemos una mezcla, en proporciones variables, de esos tres tipos de motivación. Sea cual sea nuestra estructura motivacional, existe un riesgo importante de frustración profesional porque su consecución y mantenimiento no depende de nosotros sino de terceros, y esa frustración afectará el desarrollo del resto de círculos que configuran nuestra vida profesional.
¿Dónde está por lo tanto la solución a esta aparente trampa de la vida profesional? La respuesta está en nuestro interior.
Aprendí que el secreto estaba en intentar llevar a cabo nuestra labor lo mejor posible, en las condiciones en las que estemos, sean cuales sean, ofreciendo a Dios los frutos de ese trabajo diario, algo que depende sólo de nuestra intención.
De esta forma, vamos acumulando un tesoro que no esperamos recuperar aquí, sino en esa vida futura que es la motivación última del cristiano. Y así, el trabajo que ofreces al Creador es un trabajo de mayor calidad, porque no ofreces cualquier chapuza, sino algo que sea digno. Y por ello introduces mejoras, porque lo merece. Y resulta que quien así trabaja acaba siendo quien más probabilidad tiene de hacer las cosas bien, con ello quien más probabilidad tiene de que su trabajo sea reconocido y con ello, además, de que su trabajo sea convenientemente remunerado.
Esta es la paradoja, que siendo tu motivación fundamentalmente un premio que no esperas en este mundo, es más probable que obtengas los premios mundanos. Por eso, decía al principio que ese núcleo inicial que sustenta la motivación y el esfuerzo, lo que he llamado el círculo del propósito, se alimenta de una motivación trascendente que alcanza su máxima influencia cuando se fundamenta en la fe cristiana. Es una fuerza que surge de tu interior, alimentada por la gracia, que se retroalimenta del agradecimiento y que depende muy poco de factores extrínsecos mundanos.
Una mirada diferente
Decía antes que la fe te proporciona además una mirada más reverente, que influirá de forma sustancial en tus relaciones con los pacientes. Dejadme que os lo muestre con unos ejemplos.
Para mí el quirófano es el santuario del hospital, un lugar sagrado. Puedes atravesar sus puertas, siempre cerradas, comprobado que todo esté en su sitio y disponible, pensando en las dificultades que te vas a encontrar, dispuesto a dar lo mejor de ti mismo; considerando el tiempo que vas a tardar, porque después hay otros pacientes esperando…Y eso es bueno. Pero puedes hacer eso mismo, entrando con los ojos bien abiertos y dándote cuenta de que ahí yace un paciente desnudo delante de desconocidos, paradójicamente con los brazos en cruz y privado de conciencia por el único motivo por el cual es admisible privar a una persona de conciencia, por un bien que se supone mayor: el beneficio que proporciona tu acción. Y esa visión te interpela y exige de ti la excelencia. Debes hacer todo lo posible, todo lo que está en tu mano, para no fallarle, aunque pueda ocurrir.
Si el quirófano es el santuario, la unidad de hospitalización es el corazón del hospital porque es donde late el sufrimiento. Ahí interactúas con las personas que sufren, que no pueden estar en su domicilio. Podrías encontrarte allí, por ejemplo, con un paciente añoso, con un deterioro neurológico severo que lo tenga postrado en un estado casi vegetativo. Y puedes entrar en el pase de planta, acompañado de la enfermera, y limitarte a preguntarle cómo está el paciente y ajustar el tratamiento. O puedes hablarle a él directamente, llamarle por su nombre, tocarle, consciente en todo momento de la dignidad intrínseca del ser humano que allí yace, que no se ha perdido a pesar de que intelectualmente no esté en su mejor momento.
Por último, está el ámbito de las consultas externas que son la puerta de entrada al hospital y, generalmente, tu primer contacto con los pacientes. Puedes comenzar la consulta pensando en el exceso de pacientes que hay citados y que va a limitar el tiempo que les puedes dedicar; ir avanzando y tachando la lista como una especie de checklist pensando en que debes llegar pronto a casa por tienes que hacer esto o lo otro; etc. O bien puedes ofrecer a Dios tu momento con todos y a cada uno de los pacientes siendo consciente que cada uno de ellos lleva días, semanas o quizás meses esperando esos minutos delante de ti y que, por tanto, tienen que ser minutos de calidad porque deben salir correctamente informados, esperanzados y llenos de confianza.
Y aquí finaliza mi explicación del primer círculo, del que en última instancia pienso que dependen todos los demás.
Creo haberte podido transmitir que sólo conseguirás mantener una motivación duradera y un esfuerzo continuo, persiguiendo tu propósito, si hay detrás una motivación trascendente.
Sí, ciertamente resulta algo paradójico, pero te puedo asegurar que hará más probable que logres tu liderazgo personal. Porque te comprometerás en el trabajo en equipo siendo humilde, competente, disponible, leal y garante de la concordia. Asimismo, hará más probable que surja de ti el tratar de evaluar los resultados de tus acciones y tratar de difundirlos entre tus colegas, entre tus pares y tratar de enseñárselo a tus alumnos, si es que los tienes.
Todo esto forma parte de lo que yo llamo el itinerario del héroe y que no es el momento de considerar ahora, pero espero hacerlo más adelante.
Ahora mismo, simplemente considera, con todo lo que te he dicho, que en esta profesión y seguramente también en todas las demás, hay algo sagrado que hay que saber descubrir, que hay que saber percibir y que, por eso, cuando te dedicas a la misma es como si hubieses sido ungido para ello.

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