Al hijo de unos amigos nuestros, hijo único, al que le habían dicho recientemente sus amigos que el ratoncito Pérez no existía, le revelaron sus padres que los Reyes Magos eran ellos. Demasiada sorpresa en tan poco tiempo. Ese día, su madre estuvo preocupada porque se lo pasó encerrado en su habitación. Subió en varias ocasiones a comprobar como estaba y lo encontró tumbado en la cama mirando al techo. Finalmente, le pregunto: ‘Hijo ¿te encuentras bien?’ Él le contestó: ‘Mamá pasa un momento. Dime la verdad, por favor… ¿Dios son los padres?’ Y es que esta cuestión ya era demasiado seria y no podía pasarla por alto porque afecta a toda una vida. Cierto.
Quizás debería comenzar por explicar por qué creo en Dios. Podría dedicar este blog entero a ello y, si es necesario, lo haré. Pero prefiero comenzar por el final. Así soy más concreto.
Creo en Dios y soy católico, en primer lugar porque soy un científico.
Son tan innumerables las pruebas de la existencia de una inteligencia creadora que, al menos en mi ámbito de conocimiento que es de la biología humana y sus alteraciones, tendría que perder mucho tiempo para debatir sobre lo obvio. No estamos ya para perder el tiempo. Pienso que hay que tener mucha fe para ser ateo, especialmente al ir descubriéndose continuamente los increíbles e intrincados mecanismos de funcionamiento celular, tanto a nivel molecular, como supracelular. Me alegra mucho comprobar que muchos científicos, como el matemático John Lennox, dedicado ahora a divulgarlas, llegaron a conclusiones similares a las que alcance en mi vida. Y es que existe un ámbito accesible al conocimiento científico, a lo medible, y otro que no lo es. El primero, me demuestra que no somos resultados del azar, de la interacción sin sentido de la materia y la energía o de una fuerza adaptativa ciega. Por eso, prefiero comenzar por el final, por el camino directo, soslayando al panteísmo y al deísmo a los que dedicaré un comentario en otro momento. Antes, haré dos aclaraciones previas, sobre ciertos prejuicios comunes que no van muy lejos.
La primera, es que se podría argumentar que soy católico porque nací en un ambiente católico. Así es. Pero el mismo argumento valdría para el ateísmo o el agnosticismo de los que crecieron en un ambiente ateo o agnóstico, por eso resulta demasiado pueril. De hecho, por desgracia y hasta el momento, soy el único de mis cinco hermanos que practica la religión católica.
La segunda, es recordar que los cristianos no creemos en una teoría o en una moral, sino en la revelación del mismo Dios a través de su encarnación , vida terrena, muerte y resurrección. En definitiva, en una persona. A priori, para una mente racional, un absurdo. Creer en El y tratarle, lleva a conocerlo y, por supuesto, tiene implicaciones vitales y morales. Por eso, resulta más fácil buscar excusas, que abordarlo de forma honesta en toda su dimensión. Y lo trascendental es que hacerlo es la decisión más importante de nuestra vida porque, no hacerlo ya es una decisión, que tiene sus consecuencias.
Experiencia de vida sobrenatural.
Por eso, el motivo principal por el que soy católico es que creí que Jesús resucitó, que estaba vivo y después me lo he encontré. He tenido la experiencia del trato con el Señor, cercana, casi física a veces, y de su acción en mi vida. Para ello, tuve primero que rendir mi razón, con mis prejuicios, y supeditarla a la divina a la que intuía continuamente a mi alrededor. Nunca le he pedido nada para mí que no fuese la fe y la perseverancia hasta el final, pero sí por mucha gente, sobre todo por los que están a mi alrededor. También diariamente por muchos, menos cercanos, que nunca lo sabrán. Me ha rescatado muchas veces. No lo puedo negar.
Basado en la evidencia.
Además, pienso que se trata de una creencia basada en la evidencia que se puede comprobar a partir de los hechos relatados en los Evangelios. Eso es bueno para un científico y para cualquiera. En una ocasión, le regalé una versión explicada de los Evangelios a una persona a la que quise mucho y que me repetía que le gustaría tener fe, pero le resultaba imposible porque era un racionalista. Y el racionalista piensa que la razón de Dios, debe ser como la suya. ¡Pobres criaturas! Después de dejar pasar un cierto tiempo, le pregunté qué tal iba en sus progresos. Me contestó que le era imposible acercarse la fe por ese camino porque le parecían unos cuentos infantiles e inverosímiles. Esa opinión me dejó impresionado, porque a mí siempre me han parecido cualquier cosa menos un cuento de niños. De hecho, lo que contienen hace referencia tanto a lo más hermoso, como a lo más terrible de nuestro destino. De hecho, mucha gente ha dado su vida por lo que ahí se recoge y eso nunca ocurre con los cuentos y relatos infantiles.
El santo Rosario.
Nunca habría imaginado la importancia del rezo del Santo Rosario para mi fe, si no lo hubiese experimentado. Aunque parezca algo accesorio y absurdo como argumento, le debo mucho a alguien, a quien hoy no le pongo cara, que siendo adolescente me enseñó a rezarlo. Esa oración, para mi diaria desde hace muchos años, ha condicionado mi vida entera, sosteniendo mi fe. Serían no pocas las anécdotas que podría contar relacionadas con esa oración, que el azar no puede justificar, con acontecimientos extraordinarios de difícil explicación natural. Aunque no los hubiese vivido, supongo que no serían necesarios para mi fe. Pero los viví y ya no lo puedo negar. Por eso lo cuento, aunque no sea capaz de explicarlo.
La necesidad de ser salvados.
No sólo con frecuencia nos sentimos imperfectos, sino necesitados de salvación. Hay algo en nosotros, una disposición, a faltar a la caridad respecto a otros y hacia nosotros mismos. En la consideración de Su Pasión, Muerte y Resurrección, entendí que sólo podemos ser salvados a través de la remisión de nuestros pecados, fruto de aquel sacrificio atemporal. Y poder levantarnos con una fuerza que no es nuestra. Ese, es un alivio que sólo proporciona la Iglesia Católica.
Por último, he tenido muy buenos maestros espirituales a través de sus escritos. Esa es otra ciencia a la que no puede ayudar la ciencia convencional, la de CÓMO VIVIR. La de aquellos que siguieron el itinerario que lleva a la santidad. Entre ellos, destaco a San José María Escriva, Dietrich Von Hildebrand, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, C.S Lewis, GK Chesterton, Romano Guardini o Fulton Sheen, entre otros. Aconsejaré libros de todos ellos en otra entrada.
La gran cuestión.
Por eso, creo que ser católico es una resultante muy probable si uno trata de responder honestamente a la gran cuestión. Si es cierto que Jesús es el mismo Dios encarnado, que nos transmitió un mensaje de salvación con su vida y sus palabras, que murió por nosotros de una forma terrible, resucitando después, hay que concluir dos cosas. Primero, que nos ama a cada uno como sólo un Dios puede hacer, sin límites. Segundo, que el destino que espera al ser humano si no lo tomamos en serio, debe ser algo terrible, inimaginable para que el mismo Dios tome partido de esa forma. En cambio, si no es cierto, es que se trata de un impostor, de un embaucador, quizás el más grande de la historia. No podría ser considerado un filósofo, ni un ser humano excepcional. Afirmó ser Dios y ser Camino, Verdad y Vida. Es decir, el itinerario que lleva a una vida plena y eterna.
Ya no hay escapatoria, porque si no es un impostor…

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