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20 diciembre, 2014

Rey Alfonso

por bernardinominana
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De noche. Por carreteras en medio de la huerta murciana, siguiendo al coche de su hijo, única forma de dar con la dirección de destino. No sabría volver. Finalmente, un cartel que indica la entrada a un estrecho camino que lleva directo a una casa típica huertana. ‘Rey Alfonso’ reza la señalización en honor al propietario.

Allí estaba el rey rodeado de su corte, en su cama, agonizante, esperándome. Prácticamente ya sólo sus huesos y su alma. Suficiente.

Nos conocimos cuatro meses antes en una relacion profesional privada medico-paciente. Esa noche nos despedimos en una relación hermano-hermano privada, con un beso en la frente.

Te esta esperando‘ me dijo su medico de cabecera mientras iba de viaje a Madrid y supe que el momento había llegado. Al regresar a casa me puse en camino. Se había ido de alta hospitalaria unas semanas antes con la promesa de que iría a visitarlo y me enseñaría sus huertos. Cumplí mi palabra aunque ya no se pudo levantar para enseñarme y recorrer juntos ‘sus dominios’.

‘Me voy al cielo, lo veo‘ me dijo susurrando al oído, mientras apoyaba mi mano en su frente. ‘¿Qué dice?‘ pregunta la familia. ‘Cosas nuestras‘, respondo. Después el sacerdote, el óleo del viaje y a continuación, los ojos cerrados para no volver a abrirlos aquí. Finalmente, tras más de ochenta años transcurridos en esa pequeña parte de la huerta murciana, el domingo, día de la resurrección del Señor, partió a su destino eterno donde volvió a abrir sus ojos.

No, no es uno más. Ninguno ha sido uno más. De todos y cada uno de ellos me acuerdo todos los días de mi vida, hasta que me toque marchar, con la esperanza de que salgan a mi encuentro. De todos he recibido más de lo que he dado.

Decía el gran Arthur Rubinstein que el adagio del quinteto para cuerda en do mayor op 163 de Schubert era como una puerta al cielo. Por ello, le pidió a su mujer que lo tocase al piano en el momento de su marcha, para que le acompañase en el tránsito. Aquí lo tienes en una buena versión, querido lector. Sólo tienes que cerrar los ojos durante unos 13 minutos y seguir cada nota a la vez que repites: Credo, credo in unum deum

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