Espíritu

La vida es corta y debemos pasar por ella tratando de mejorar el mundo que nos rodea. Sólo si somos capaces de entender nuestra propia naturaleza y a qué estamos llamados podremos actuar consciente y libremente en el mundo.

Ninguna escuela filosófica, ninguna ideología, puede sustentar nuestra vida sin llevarnos al desengaño y la frustración porque tienen su origen en el pensamiento de personas, necesariamente limitadas y,  por tanto, en el mejor de los casos, proceden de medias verdades.

Sólo la experiencia del encuentro personal con el Señor, Camino, Verdad y Vida, puede transformar una vida y hacerla plena. Nos volvemos conscientes de nuestra situación metafísica y de que lo importante es lo que damos, no lo que recibimos. Somos conscientes de que todo es don, comenzando por la vida, que debe generar en nosotros una continua respuesta de agradecimiento. Si hemos recibido tanto, hemos de dar, al menos, otro tanto.  De eso va lo de los talentos y no hablo precisamente de economía.

El gran misterio de nuestra situación metafísica es que no podemos verdaderamente ser nosotros mismos si no renacemos a Cristo

Dietrich Von Hildebrand

Pero no podemos dar lo que no tenemos. Por ello, lo primero y más difícil es la lucha en nuestra vida interior, el terreno de batalla contra nosotros mismos para no dejarnos llevar por el egoísmo, la soberbia y nuestras pasiones. Ese espacio íntimo de libertad, inaccesible a los demás, en el que nos encontramos con nosotros mismos y con Dios. Eso exige ascesis, que es lucha, examen de conciencia y una vida ordenada, reglamentada.

El estado de esa vida interior se plasma en nuestro día a día, en el sencillo ámbito de nuestra existencia que es la vida familiar, laboral y de nuestros compromisos sociales. Ese microcosmos que es todo el macrocosmos que tiene sentido para nosotros en nuestra corta vida.

En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones cuando vivís santamente la vida ordinaria

San Josemaría Escrivá

Cuando uno encuentra un tesoro, vende todo lo que tiene para comprarlo y, lleno de alegría, trata de contarlo a los demás.