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27 julio, 2013

Prefacio II. Mundo interior y exterior

por bernardinominana

En el anterior post expuse el contexto en el que nos desenvolvemos, en buena parte inaccesible, en buena parte envuelto en el misterio. Y nos da igual. Lo cierto es que en ‘mi mundo’ habitual no me importa nada si la órbita de Plutón es la adecuada, si ha ocurrido una explosión de una supernova en la galaxia de Andromeda , o si el campo magnético de la zona que atravieso en este momento es mayor o menor, y eso que esto último podría influir en mi estado de ánimo, según dicen. Lo que realmente me importa son aspectos tan cotidianos, tan triviales, como el no olvidarme de sacar la basura al contenedor a tiempo.

Y es que el mundo en el que verdaderamente vivimos es nuestro mundo interior compuesto por nuestra vivencias. Es nuestro reino genuino, nuestro espacio de libertad que no puede ser violado por nada ni por nadie, ni siquiera ante condiciones externas tan extremas como las de un campo de concentración, como bien comprobó Viktor Frankl y plasmó en su obra El hombre en busca de sentido. Nadie puede entrar ahí, ni siquiera con nuestro permiso. Es el ámbito de nuestra pura libertad. Nuestro verdadero y último refugio.

Ese mundo interior, al igual que el exterior, posee unas dimensiones inabarcables. Gracias a la memoria podemos explorar y viajar al pasado; con nuestra imaginación podemos aventurar el futuro e incluso crear  vivencias y seres fantásticos, irreales en el mundo exterior. Nuestros sentidos alimentan nuestra experiencia, nuestras vivencias el aprendizaje, y sobre este nuestra inteligencia nos permite innovar, crear, tener relaciones intencionales con lo que nos rodea y transformarlo. Sólo al hombre le es posible esto y constituye un elemento determinante de su dignidad. Más allá de los accidentes naturales que nos rodean, todo lo demás, lo ha creado el hombre y primero lo creó en su interior, en su imaginación. Y todo este poder está en potencia desde que es una sola célula.
Siendo ese mundo el ámbito de nuestras experiencias es donde nos deleitamos con lo bello, lo cual también es específicamente humano. Es la sede de nuestra voluntad, firme o flaca, y de nuestros afectos, del corazón, ese motor que no bombea sangre a ritmo pulsátil sino que es capaz de impregnar de calidez y amor  o de hielo y hiel las relaciones humanas. Y la boca habla de lo que hay en el corazón.
Precisamente la consciencia de este mundo interior, de lo que es bueno y malo para nosotros, nos permite saber que los demás también tiene su interioridad y nos ponernos en su lugar para entenderlos, para saber que lo bueno y malo para mi también lo será para el otro y este es el fundamento de nuestra relaciones sociales, el que puede evitar que el hombre sea un lobo para el hombre. Ahí, la conciencia ejerce su arbitrio para que nuestro mundo no se convierta en nuestra prisión, para ordenar nuestra vida que tiene influencia en los demás. Por ello, es el campo de batalla permanente para defender nuestra libertad, especialmente de nosotros mismos, de nuestras pasiones, que tienden al desorden y sabemos y hemos comprobado que eso es malo. Nos lo dice una ley natural que tenemos grabada a fuego, no se si en los cromosomas, en un preciso lugar de nuestro lóbulo cerebral frontal, o en nuestra alma.
Y es que nuestro mundo tiene sus leyes propias, sus guerras y su paz. Precisamente la paz de nuestro mundo interior es el asiento de nuestra felicidad y exige que esté en armonía. En la medida en que la imagen que en nuestro mundo interior tenemos del exterior y de sus leyes sean coincidente con la realidad externa, nuestras relaciones con el mundo exterior serán exitosas. Por ello, la vida es un arte, como propone André Maurois en una de sus obras más conocidasY el artista lo es en buena parte porque capta hasta los detalles más pequeños. Esos en los que, según un santo de nuestro tiempo, es posible encontrar un algo divino.Y podemos pasar haciendo de nuestra vida una obra de arte o una patraña.
Decía antes, para simplificar, que nadie puede penetrar en nuestro mundo interior sin nuestro permiso. Pero no es exacto. Esa es la puerta que descubrí y que insinué en el anterior post cuando hablé del Santo Rosario, de la vida sobrenatural. Como Alicia en la obra de Carroll,comprobé que hay un mundo de comunión con Aquel que está más allá del tiempo y del espacio pero que tiene acceso permanente a mi interioridad. Me conoce incluso más que yo a mi mismo porque me ha creado para un fin concreto y puedo comunicarme con El. Y entonces te das cuenta de que debes ser alguien importante y de que los demás no lo son menos. Y esa es nuestra salvación…y podría ser nuestra condena. Y aquí se cierra el círculo. Ahora, creo que ya puedo comenzar a hablar de El, de Jesús de Nazaret.
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