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26 mayo, 2013

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Prefacio I. Kilo y medio, Hawking y Heisenberg

por bernardinominana

He sido afortunado por haber nacido en una familia cristiana en la que aprendí las oraciones elementales, aunque no se profundizase mucho en estos aspectos. Ya era empezar con algo. Pero he de reconocer que en mi visión del mundo influyeron, sobre todo, dos hechos bien diferentes.

El verdadero golpe de suerte me lo proporciono un amigo, que a los 13-14 años, no sabría precisarlo,me enseño a rezar una oración a la que, creo no exagerar, le debo todo lo bueno que me ha pasado en la vida: el Santo Rosario. No es el momento de detallar los motivos, pues serian interminables, simplemente decir que hoy lo rezo todos los días encomendando a muchas personas. La mayoría nunca lo supieron o lo sabrán.
Otro hecho trascendental  me ocurrió el día que en prácticas de Anatomía tuve un cerebro humano en mis manos (admito que sin demasiada reverencia). Alrededor de un kilo y medio de peso de materia, de ‘algo’, que no de ‘alguien’. Recuerdo la impresión que provocó en mi, especialmente cuando lo comparé con un hígado, que no piensa, y cuyo peso es similar. Por supuesto que no hacía falta estudiar anatomía para compararlo con un testículo, productor de las células germinales que darán lugar, al unirse a otras femeninas, a todo un ser humano, incluidos los citados órganos, entre otros.  Por aquel entonces pensaba ser neurocirujano y creo que me desengañé al convencerme de que nuestro cerebro es un instrumento para nuestra relación con el mundo, ciertamente complejo y sutil, pero indiscutiblemente mi ‘yo’ no se podía reducir a ‘eso’. Acabé siendo urólogo, no precisamente por lo de los testículos.
Cuando al principio del siglo pasado se descubrió que la via láctea, nuestra galaxia, era una más entre incontables galaxias con miles de millones de estrellas cada una, la tierra quedó reducida a un punto infinitesimal. Por consiguiente, cada uno de nosotros, seres perdidos en la historia, a la nada. Esto en el ámbito de lo macroscópico, de lo visible, porque en relación a lo cuántico, a la materia que nos rodea, que tocamos, que vemos, que oímos, que respiramos, la cosa, a pesar de su cercanía, no está mucho más próxima.
Me impresionaba  considerar que científicos como Stephen Hawking, que padece una enfermedad neurológica degenerativa llamada esclerosis lateral amiotrófica, con un cerebro prodigioso pero como el de todos, de de algo más de un kilo, era capaz de elaborar hipótesis, basadas en sus capacidades intelectuales y en las de otros científicos, tratando de dar una explicación coherente a …¡cómo se formó el universo entero!. Todo ello partiendo de una situación más desfavorable a la que se daría si una célula de la piel de mi pierna izquierda tratase de dar una explicación a mi vida entera, incluyendo mis motivaciones. Una parte infinitesimal tratando de dar una explicación al todo. Entonces surgió en mi una profunda admiración por estos científicos, proporcional al convencimiento de lo inútil de sus intentos. Es la expresión más clara de la dignidad de lo humano, de su hecho diferencial en lo creado. Pero son capaces de concluir que Dios no existe o, en el mejor de los casos, no es necesario para explicar el ser de lo existente. La célula se torna autosuficiente y me sonrojo ante la posibilidad de que sea capaz de interpretar mis sentimientos. Ahora es la expresión de la naturaleza caída del hombre.
En el terreno de lo microscópico, desde que me explicaron el modelo atómico vigente entonces, creo recordar que de Bohr, siempre me llamó la atención la  distancia teórica entre el núcleo de protones y neutrones (creo que hoy hay mas particulas elementales) que albergaba la masa y la corteza de electrones porque suponía que entonces la mayor parte del espacio, segun mi pobre entender, estaría casi vacío. Sin embargo, yo no puedo atravesar la pared ni poniéndome de lado. Para colmo Heisenberg propuso con su principio de incertidumbre la imposibilidad de conocer ciertos aspectos físicos de las partículas elementales al ser alteradas por la propia observación. Hace poco, con gran alegría por parte de una humanidad que parecía expectante (?), se descubrió el boson de Higgs, al que apodaron ‘la partícula de Dios’, que explicaría por qué unas partículas tienen masa y otras no y rellenan el espacio. Pero yo sigo sin poder atravesar las paredes, aunque hay gente que afirma haberse bilocado.
Se me hizo claro que el conocimiento humano estará limitado a conocer, valga la redundancia, mediante la observación y experimentación sólo aquello que es accesible a su experiencia (directamente o ayudado por  sistemas tecnológicos más o menos complejos)  y en las condiciones externas en las que nuestros modelos físicos, químicos o matemáticos son reproducibles. Y esto, es una infinita parte del ser del universo. Sin embargo, lo primero que conozco es mi yo, soy tan consciente de mi mismo como poco consciente de ese universo lejano o cuántico cercano.
Por tanto, y pido perdón pues estoy recurriendo a la lógica,  si existiese un Dios y quisiésemos conocer su ser, o bien se nos debería manifestar (revelar se dice) desde arriba hacia abajo de alguna forma comprensible o nunca seria accesible a nuestro conocimiento. Y nosotros pensamos y nos comunicamos con palabras, habladas o escritas. Y considere que todo lo que vemos, especialmente las personas, lo anuncian y que el Libro inspirado era la clave. Y esto es transformante pues, en el fondo, uno llega a ser lo que lee. Y efectivamente, el comienzo del Libro del Eclesiástico dice:

‘Toda sabiduría viene del Señor y está con él eternamente. La arena de las playas, las gotas de la lluvia, los días de los siglos, ¿quién los contará? La altura del cielo, la anchura de la tierra, la hondura del abismo, ¿quién los rastreará? 

Antes que todo fue creada la sabiduría; la inteligencia y la prudencia, antes de los siglos. La raíz de la sabiduría, ¿a quién se reveló?; la destreza de sus obras, ¿quién la conoció?

Uno solo es sabio, temible en extremo; está sentado en su trono. El Señor en persona la creó, la conoció y la midió, la derramó sobre todas sus obras; la repartió entre los vivientes, según su generosidad se la regaló a los que lo temen…’

¡Impresionante! Y continué profundizando cada vez más en los 4 libros donde se desplegaba el secreto de los secretos de la verdadera alegría, donde se manifiesta el Camino, la Verdad y la Vida. Unos libros, que son sólo uno y que hablan de tesoros, perlas, lirios del campo, semillas, cielo, clavos, cruz…Y entonces se fundieron los dos ámbitos de mi vida, el de la experiencia de mi yo, de mi mundo interior, y el científico al que dedico mi vida profesional. Y doy gracias por ello todos los días al levantarme.
Es posible que los hechos aquí descritos puedan parecer inconexos,  pero no lo son. El primero me abrió la puerta  a un mundo que no está sujeto a la experimentación externa pero sí interna, la vida sobrenatural. Toda una nueva ‘ciencia’ inabarcable, que posee sus propias leyes. Una revelación tan antigua como la humanidad y cristalizada en el momento en que esta estaba preparada para entender. Los demás me confirmaron que el objetivo de la ciencia es conocer en primer lugar sus limitaciones y descifrar las leyes que, a pequeña escala, pueden ayudarnos a mejorar el mundo. Desde esta perspectiva, soy médico, científico y sólo admito aquello que está soportado por la evidencia científica a la vez que reconozco en los enfermos al Ipse Christus. 
Cosas del mundo interior, de nuestro microcosmos y del mundo exterior, del macrocosmos, pero eso ya es otro capítulo.
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  1. Fulgencio
    Sep 23 2013

    Me a encantado su hecho……
    ( Tuve un cerebro humano en mis manos (admito que sin demasiada reverencia). Alrededor de un kilo y medio de peso de materia, de ‘algo’, que no de ‘alguien’. Recuerdo la impresión que provocó en mi, especialmente cuando lo comparé con un hígado, que no piensa, y cuyo peso es similar. Por supuesto que no hacía falta estudiar anatomía para compararlo con un testículo, productor de las células germinales que darán lugar, al unirse a otras femeninas, a todo un ser humano, incluidos los citados órganos, entre otros. Por aquel entonces pensaba ser neurocirujano y creo que me desengañé al convencerme de que nuestro cerebro es un instrumento para nuestra relación con el mundo, ciertamente complejo y sutil, pero indiscutiblemente mi ‘yo’ no se podía reducir a ‘eso’. Acabé siendo urólogo, no precisamente por lo de los testículos.)
    La verdad me a impresionado bastante en la forma que acabo siendo urologo.
    Un saludo y gracias por compartirlo.

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