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23 octubre, 2008

La roca y las arenas movedizas

por bernardinominana

Vaticano

Sólo tenemos una vida. Sólo tenemos una oportunidad. Sólo hay una vida terrena y lo que tengamos que hacer no lo va a poder hacer nadie por nosotros. Cada persona, con sus circunstancias, es una realidad única dotada de libertad para, según su razón y conciencia, actuar intencionalmente sobre el mundo que le rodea.

Si no hubiese un sentido de la vida, nos veríamos abocados al absurdo de luchar…¡para alcanzar la muerte! Pero, si hay un sentido verdadero, con perdón por la redundancia, este debe ser razonable para que lo podamos captar y su evidencia debe sustentarse, entre otras cosas, en que no incurre en contradicciones. Si algo resplandece como verdadero, debe serlo en todas las circunstancias y no dependiendo de ellas.

Digo esto en relación a la postura de la Iglesia Católica como abanderada de lo que se ha llamado ‘cultura de la vida’ en oposición a aquella ‘cultura de la muerte’ según la cual el valor de la vida es algo relativo a la circunstancia en la que se considera.

El papa Benedicto XVI ha dicho ante la Pontificia Academia para la Vida que no sólo los creyentes sino la sociedad entera tiene el compromiso de respetar la vida y dignidad de aquellas personas que están muriendo. Por otra parte, en el 37º Congreso de un partido político de mi país se ha tratado sobre el ‘derecho a una muerte digna’ aunque desde una perspectiva opuesta. Ambos coinciden en que el ser humano merece morir con dignidad evitando cualquier encarnizamiento terapéutico para prolongar innecesariamente la vida. ¿En qué se diferencian pues ambas posturas? Parece claro que todos vemos la misma realidad pero nos aproximamos a ella desde prismas distintos y por ello la interpretamos de forma diferente. La perspectiva que menos distorsione la realidad para adecuarla a lo que nos gustaría que fuese, en lugar de lo que realmente es, será la adecuada, la que nos proporcione seguridad para afrontar la vida. Un ejemplo lo puede aclarar.

Hace un par de semanas, una profesora de mis hijos me contaba como falleció su marido tras una larga y penosa enfermedad consuntiva. Lo hizo en la cama de su casa, con un control razonable del dolor y de la disnea (sensación de ahogo), abrazado a su mujer, cogido de las manos de sus hijos… y con paz. Es la objetivación de la doctrina de la Iglesia Católica al respecto. La otra aproximación justificaría que el enfermo, por no soportar el trance (que todos hemos de pasar de una forma u otra), por no sufrir ‘razonablemente’ (dados los avances de la medicina paliativa), o por no ser una ‘carga’ para su familia, sólo o asistido, decidiese poner fin a su vida, suicidándose.

La primera actitud considera que la vida es un don divino y que el hombre no tiene derecho a interrumpirla. Que debe vivirla con gallardía hasta el final, enfrentándose al fin natural de su existencia con la esperanza de una vida futura, eterna. La segunda  tiene su razón de ser en el concepto de autopropiedad, de que somos dueños de nuestro cuerpo y hacemos con él lo que queremos. Esto, además, debería ser considerado un derecho con su correspondiente soporte legislativo. La primera escena referida por la profesora irradia luminosidad, ternura, paz, consecuencia generalmente de una existencia fructífera y una vida familiar plena. La segunda refleja un solipsismo triste y resignado, lleno de desesperanza, a veces disfrazado de generosidad.

Si nos centramos en la línea argumental de ambas posiciones resulta evidente que la menos distorsiona la realidad, la más consecuente, es la que proclama la llamada cultura de la vida por el hecho de que en ninguna de sus propuestas incurre en contradicciones. Defiende la vida en toda circunstancia (frente a la guerra, a la pena de muerte, el terrorismo o cualquier otro tipo de violencia asesina), especialmente la de los más débiles (el no nacido, el anciano o el enfermo). No sólo la defiende sino que la promueve resaltando siempre su dignidad inalienable.

La otra, centrada en la propiedad del cuerpo como si fuese un objeto externo a nosotros mismos te conduce a la contradicción precisamente en el lugar donde todo empieza: en el seno materno. Dos ‘cuerpos’, el de la madre y el del hijo, compiten por el ‘derecho de propiedad’. A uno hay que quitarle un derecho para salvaguardar el del otro. ¿Quién pierde? El débil, el que no puede defenderse. Es la injusticia que resulta de considerar a la persona no como un ser corpóreo sino como un ser ‘que posee un cuerpo’. ‘El ser dueño del propio cuerpo es socialista’ ha dicho el ministro de sanidad de España que, consecuentemente, desea extender los supuestos que despenalizan el aborto y regular el suicidio asistido.

Por ello, la Iglesia Católica es la roca, la piedra cimentada sobre Pedro, aquel que no supo ser fiel por tres veces en aquella noche de frío y desesperanza y que desde entonces, destaca firme y luminosa rodeada por las arenas movedizas del relativismo que engullen sin remedio en su oscuridad a quien se adentra en ellas.

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