Saltar al contenido.

25 marzo, 2008

De lo visible y lo invisible

por bernardinominana

 IMG_1213

Una parte importante de la realidad que nos circunda accede primariamente a nuestra conciencia a través de los sentidos, en especial a través de la vista. Es una experiencia tan primaria que, no en vano, al hecho de traer una nueva criatura al mundo se le llama ‘dar a luz’. 

Probablemente, una de las diferencias esenciales entre el creyente católico y el agnóstico o ateo estriba en su posición acerca de la existencia de una realidad invisible, sobrenatural, distinta del mundo experimental y medible. Incluso, se podría ir más allá y afirmar que dentro de los católicos es posible distinguir entre aquellos fieles a la doctrina de la Iglesia y los afectados por los efectos devastadores del modernismo y por la indolencia relativista postmodernista. ¡Cuanta tristeza trajo este último hecho a santos de nuestro tiempo, especialmente en la década de los años sesenta.

Por ello, y con perdón por la simplificación, es posible distinguir dos actitudes básicas al respecto: por un lado, la de aquellos que no sólo no creen en absoluto en esas realidades, sino que lo consideran inadmisible. Un signo de infantilismo ignorante motivo de sarcasmo y mofa o, en el mejor de los casos, de compasión. Por otro, el de los que consideran esa realidad tan cierta como lo más cierto y evidente en el mundo tangible. Una existencia no perecedera, eterna, donde habita el mismo Dios creador de lo visible, junto con los ángeles y los santos. Una realidad destinada a ser el destino de nuestra alma inmortal. Para estas personas, la consideración de lo sobrenatural forma parte de su vida diaria y asumen que la lucha entre el bien y el mal en este mundo, de la que necesariamente somos partícipes, es tremenda porque en la misma están implicadas fuerzas y seres sobrenaturales.

San Pablo va más allá y considera que ese es el ámbito prioritario del cristiano al afirmar que ‘No ponemos nuestro ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas’ (2 Co 4, 18)

Quizás sea este el aspecto de la religión católica menos expuesto, conocido y en crisis ya que parece fuera de toda realidad. Es comprensible la actitud de los incrédulos pues para su visión del cosmos y para ser moralmente buenos, en lo natural, no necesitan recurrir a ninguna realidad oculta. Pero este ámbito no pertenece al del conocimiento científico sino al de la Fe, don de Dios al que se le acerca con humildad, deseo de verdad y sin prejuicios.

El que esto escribe es médico y cirujano. Un científico que en su ámbito de conocimiento sólo acepta aquello que, sostenido por una metodología apropiada, establece conclusiones que, en el ámbito de la probabilidad propio del análisis estadístico, son consistentes, robustas. En mi práctica diaria trabajo con estructuras y tejidos biológicos que soy capaz de reparar o extirpar, según sea lo indicado. Convivo diariamente con la vida, la enfermedad y la muerte. Soy testigo de la debilidad y fortaleza del cuerpo humano.

Creo firmemente en la existencia de ese mundo inaccesible al que no tiene fe porque no ha conocido la Verdad o porque se acerca a ella con prejuicios o con un corazón duro y autosuficiente. No soy mejor que ellos. Conozco ateos virtuosos en lo natural y ‘creyentes’ desencaminados. Inicialmente me fue concedida esta creencia por la fe y, posteriormente, cuando ya es materia de experiencia y está guiada por la esperanza a través de la oración y sus frutos, no he hallado contradicciones ni hechos objetivos que me hagan pensar lo contrario, sino refuerzos constantes.

Cuando Juan Pablo II se opuso con firmeza a la acción militar sobre Irak lo hizo porque era moralmente reprobable y porque sabía que iba a desatar terribles fuerzas del mal, siempre dispuestas a aprovechar las circunstancias propicias. Así se explica que el odio genere odio en unas proporciones que no son simplemente aditivas. Ese es el motivo por el que, hoy en día, podemos ver en esa bendita región centenares de muertes indiscriminadas entre hermanos. Mujeres, niños, musulmanes o no, todos son víctimas de una ‘borrachera’ de mal cuyo único objetivo es destruir conciencias y reducir a la nada la dignidad humana. El cristiano se aproxima a esta realidad con veracidad y sentido sobrenatural sabiendo que, por motivos que no nos ha sido dado conocer, Dios lo permite. No son menos dignos porque nos habituemos a verlos morir o por no verlos directamente, como tampoco lo son los no nacidos masacrados en masa ante nosotros. Por ese motivo rezamos por ellos.

Creo en el hombre y en su dignidad y por ello creo en Aquel que se otorgó a si mismo el título de Hijo del Hombre, figura previamente profetizada. Con su presencia entre nosotros dio sentido a toda la realidad con la que convivimos día a día, visible e invisible. Sí, creo en Aquel que mientras era golpeado, escupido e insultado dijo ‘…y veréis al Hijo del Hombre venir en una nube a juzgar a vivos y muertos’. El mismo que dijo que estaría siempre con nosotros ‘hasta el final de los tiempos’ y que se hace presente diariamente en la Eucaristía

Creo en un Dios Padre providente que tiene contados ‘cada uno de nuestros cabellos’ origen de todo lo que ‘es’. Creo en el Espíritu Santo que hace brotar de nuestro corazones todo lo bueno que hay en nosotros y con sus dones nos permite acercarnos al máximo a ese mundo sobrenatural.  Creo en la Virgen María, Su excelsa madre, nuestra madre. Criatura elegida primicia de lo que nos está reservado y que es el camino más directo hacia su Hijo. Creo en los ángeles y me dirijo al mío y al de los que me rodean solicitando su ayuda para transformar situaciones de este mundo que, a veces, van más allá de las leyes de la naturaleza. Y se me ha concedido verlo en varias ocasiones. Creo, por último en la Santa Iglesia Católica depositaria y administradora de gracias inefables a través de los Sacramentos que nos hacen vivir en este mundo las primicias del futuro.

Es posible que algunos crean que esta actitud no es razonable y que se puede deber a un grupo de neuronas especialmente hipertrofiadas en una zona concreta de mi cerebro cuya actividad es mediada por un neurotransmisor determinado pero, incluso en ese caso, soy capaz de trascender con mi conciencia a ese hecho fisiológico. Esos ‘cambios eléctricos cerebrales’ deben ser tan intensos y afectar a áreas tan nucleares de las personas, que son capaces de provocar en gente que, como yo, cree en lo sobrenatural, cambios tan radicales que les hacen abandonar todo para entregar su vida a luchar para siempre al lado de ese Hijo del Hombre. No conozco, en cambio, personalmente, a nadie que haya abandonado todo por su ideal científico o político.

Querido amigo, si lees estos comentarios, debes saber que, aunque fruto de la improvisación, no son propios de un ingenuo. No obstante, prefiero que, antes de rechazarlo por absurdo, lo atribuyas a mi ingenuidad y que algún día, por curiosidad, te aproximes a ellas. Te aseguro que para así sea me dirijo también a tu ángel.

Leer más desde Espíritu

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Nota: HTML está permitido. Tu dirección de correo electrónico nunca se publicará.

Suscribirse a comentarios

A %d blogueros les gusta esto: