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27 enero, 2008

Auschwitz

por bernardinominana

Auschwitz 1

El 27 de enero de 1945 las tropas soviéticas liberaron el campo de concentración de Auschwitz. El horror indescriptible de lo que allí sucedió ha quedado como símbolo del mal propiciado por ideologías perversas. Si no somos capaces de aprender las lecciones de la historia, se repetirán y seremos culpables por ello.

Desde enero de 1942, tras la Conferencia de Wannsee, comenzaron las deportaciones masivas de judíos de toda Europa hacia el campo de exterminio de Auschwitz- Birkenau como parte esencial de la ‘Solución Final del problema judío‘.  Los asesinatos en masa por parte de los Einsatzgruppen eran insuficientes y poco eficientes para destrucción de los cuerpos humanos. Este recinto, este espacio geográfico, se convirtió en uno de los lugares más abominables de la historia de la humanidad. Fue un momento donde pareció que Dios había desaparecido y sólo existía el aliento gélido y pútrido del mal. Ahí se llevó a cabo por primera vez en la historia la aniquilación en masa, industrial, de seres humanos degradados por el concepto ‘superior’ de nación y raza, donde fácilmente se diluye la conciencia individual.

A su llegada al campo, saludados por el lema ‘Arbeit match frei’ (El trabajo os hará libres) y la sinfonía diabólica, interpretada por los propios presos, los oficiales SS separaban a aquellos aparentemente dotados para realizar trabajos forzados de los que no lo eran (especialmente los enfermos,  mujeres, niños y ancianos). Estos, que eran la mayoría, iban directamente a las cámaras de gas. Durante 1943 y 1944, cuatro cámaras de gas y crematorios funcionaron constantemente, sin pausa. No es posible imaginar  el aire de ese lugar libre del olor a gas, sangre caliente y carne quemada, acompañado por los gritos de víctimas y verdugos. A finales de 1944, los nazis trataron de dinamitar los crematorios para borrar las huellas de semejante atrocidad. En el bloque 10, colegas míos, si es posible que pueda existir semejante contradicción, llevaron a cabo experimentos indescriptibles con seres humanos. Al final, más de un millón de judíos, decenas de miles de cristianos católicos polacos, gitanos y homosexuales de toda Europa fueron exterminados en Auschwitz.

Sólo han pasado algo más de 60 años. A algunos, el conocimiento y la contemplación de lo que allí ocurrió afectó considerablemente a nuestras vidas. La sangre de los inocentes clama al cielo. ¡Ninguno de los allí asesinados fue destruido! ¡Ninguno perdió su dignidad pues ningún hombre puede arrebatársela a a otro!

Tras la liberación y constatación de lo que allí ocurrió se tuvo que decidir entre destruir y hacer desaparecer todo rastro de la peor vergüenza de la humanidad o dejarlo tal cual era como símbolo del intento imposible del mal puro por degradar la dignidad del hombre. Se optó por este último escenario. De nada habrá servido si la educación que se ofrece a nuestros hijos excluye estos hechos y su significado. Nunca entenderán que por encima del hombre sólo está su creador y que ninguna ideología es verdadera si asume que para lograr sus fines debe acabar con la libertad o la vida de seres humanos.

Tampoco aprenderán que la paz no se logra pactando con los que propugnan estas ideologías pues al ser parte integral de las mismas habría que asumir su razón de ser que, necesariamente, debe estar asentada en la mentira. Además, los que las defienden no son capaces de renunciar a ellas pues se encontrarían con que su vida es un sinsentido. Nunca se negocia que se deje de matar si en el origen del conflicto no hay una injusticia manifiesta, ya que sólo se podría ofrecer el restablecimiento de la inexistente situación injusta que dio origen al problema. Sólo la defensa del ser humano por encima de todo y de la justicia es capaz de garantizar la paz.

Nadie en su sano juicio puede profundizar en lo que aconteció en ese lugar maldito sin que su vida se vea conmovida desde sus cimientos. Desde entonces sólo queda rezar por esas almas y por el ser humano degradado que logró alcanzar su más alta cota de vileza. Nadie puede dejar de recordar aquello y preguntarse por qué llegó a suceder.

Si alguien niega lo que allí ocurrió significa que o bien lo desconoce o adolece de una falta de reverencia tan lamentable que debería avergonzarse siquiera de insinuarlo. Si alguien lo apoyase, indiscutiblemente está poseído por una peligrosa maldad diabólica y será la constatación de que aquella semilla del mal todavía persiste. Debemos estar vigilantes.

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