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27 abril, 2007

Vocación y verdad

por bernardinominana

issenheim

El elemento personal constitutivo de la vocación, que es una gracia innegable de Dios, está relacionado con la búsqueda, sincera, de la respuesta a la cuestión relacionada con la posibilidad de entregar la vida entera por un fin y el carácter necesariamente verdadero que debe poseer ese fin. Ese anhelo forma parte constitutiva de todo ser humano, como puede comprobarse ya desde la juventud, pero no siempre se logra y, en ocasiones, se materializa de forma errónea por no estar orientado hacia lo verdadero sino hacia ídolos diversos. La vocación es una respuesta personal hacia algo que hemos captado y entendido que, objetivamente, lo merece. Y en esa respuesta debe estar comprometido todo nuestro ser de una manera intencional, como observó Dietrich Von Hildebrand y recoge D. Jose María Yanguas, actual obispo de la diócesis de Cuenca, en su obra La Intención fundamental (EUNSA, 1994), excelente síntesis del pensamiento del filósofo alemán. Cuando se da todo, sólo puede ser a cambio de todo.

Decía recientemente  Eduardo Martín del Olmo, en una charla entre amigos celebrada en mi hospital, que una de las claves en la toma de conciencia de nuestra vocación radica en poder responder a la pregunta ¿Tiene sentido dar la vida entera por algo? o, dicho de otro modo ¿Hay algo por lo que merezca la pena dar la vida?. Indudablemente, ese motivo debe ser esencialmente verdadero pues en caso contrario toda nuestra vida podría ser un fracaso. Si no hay una verdad, no tiene sentido comprometer toda nuestra existencia de forma radical. De esta manera entramos en la cuestión sobre qué es la verdad. Esa misma pregunta la formuló Pilatos a Jesús en el Pretorio ( Jn 18,38). Posteriormente, tras azotarle, lo vistieron con un manto de color púrpura, le pusieron una una corona de espinas y una caña como cetro, con toda seguridad contrastando con la opulencia de quien le había efectuado la pregunta. La Verdad estaba ante él, con apariencia ridícula, despreciable, y no sólo no la entendió, pues no era posible con ojos humanos, sino que cuestionó la existencia misma de una verdad firme. El relativismo respondió con una pregunta… sin esperar respuesta.

El primer pecado en el hombre fue la soberbia, bajo la tentación de poder decidir lo que es bueno y malo, con lo cual se anula la posibilidad de que algo pueda ser verdadero en si mismo. Sólo lo será aquello que el hombre decida. Por ello, el remedio y la condición necesaria para poder captar la Verdad es la reverencia (permitir a la realidad que se nos presente tal cómo es, sin prejuicios e independientemente de nuestras preferencias) y la humildad propia del que es consciente de que el cerebro limitado del hombre no puede dar respuesta a la realidad del universo que nos rodea, el cual es inaccesible a algo que no sean más que teorías aproximativas de fenómenos parciales. Lo finito no puede nunca por si mismo llegar a conocer lo infinito de lo que forma parte. La parte no puede dar sentido al todo.

Durante su pasión, el Señor cargó con todos nuestros pecados que fueron crucificados con Él. El orgullo y la soberbia fueron vencidos en ese momento antes referido por el que, bajo esas condiciones que fueron objeto de  burla por la soldadesca, ¡afirmó ser Rey!  El Rey de la Eterna Gloria, el Señor de la Vida, humillado, medio desnudo y con aspecto despreciable ante el poder terrenal y las masas: la derrota de la soberbia. Es humanamente imposible que alguien oriente su vida creyendo en el protagonista de la anterior escena. Ni sus apóstoles podían creer en El en ese momento. Por ello la Fe es un regalo de Dios que sólo se concede a aquel que, con un corazón receptivo y humilde (Camino 580), está dispuesto a creer que era el Hijo de Dios y, por ello resucitó de entre los muertos. Esta es y será siempre la grandeza y el escándalo de los cristianos. Esa es la paradoja de la vocación cristiana: que toda su vida la deja en manos de Aquel que, en ese momento crucial de la historia, estuvo en situación tan, humanamente hablando, ridícula. Pero el escándalo se torna en asombro cuando entre los cristianos podemos encontrar, compartiendo la misma fe, tanto a las personas más doctas como a los menos instruidos. En este contexto se entienden sus palabras: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes’  (Mt 11,25)  y se comprende que el paradigma del hombre nuevo (Col 3, 10) a que estamos llamados, y que debe plasmarse en la vocación concreta de cada uno,  es transformarse en Cristo.

No es posible pues alcanzar el conocimiento de la Verdad si no asumimos humildemente que hay una realidad independiente de nosotros, de nuestras preferencias y tendencias naturales, de que la captemos. Sólo es posible llegar a conocer esa realidad si nos aproximamos a ella de forma legítima, con humildad . Sólo así se puede lograr el conocimiento de la Verdad revelada por la misericordia de Aquel que es Amor (I Jn 4,8).  Entonces conoceremos el don de Dios que Jesús le asegura a la samaritana (Jn 4, 10 ). A partir del don de la Fe se puede comprobar la realidad de la propuesta de San Anselmo, el credo ut intelligam (creo para poder entender) y se nos ofrece una nueva realidad, amplia, inabarcable, sobrenatural, sin contradicciones, que adelanta las palabras de Jesús en el Apocalipsis ‘Mira que hago nuevas todas las cosas’ (Ap 21,5)

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