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14 febrero, 2007

La novena de Beethoven

por bernardinominana

partitura-Beethoven

Si se realizase una encuesta sobre las obras cumbre de la historia de la música, la novena sinfonía en re menor de Beethoven indudablemente ocuparía un lugar destacado, si no el más. Aunque es discutible si su motivación fue preferentemente religiosa, lo único que está claro es que refleja de forma profunda las creencias y grandeza de corazón de su autor. Siempre que escucho la coral de la segunda parte del cuarto movimiento, el Himno de la Alegría, simultáneamente experimento tanto una sensación de gozo como una profunda tristeza al pensar que el autor de semejante portento… ¡no pudo oirla como nosotros! ¿Es posible que una de las obras cumbre de la música universal hubiese sido compuesta por alguien que no podía oír las notas que él mismo había creado?

Lo mismo puede afirmarse sobre la que, en palabras del propio Beethoven, es su obra más grandiosa: la Missa Solemnis en Re mayor.  Si esto fue así, sólo pudo ser porque Beethoven había llegado a conocer todos los secretos de la música misma, más allá de la percepción sensorial necesaria para captar su belleza.  Así pensaba Schubert  cuando comentaba respecto al maestro : ‘Él sabe todo, pero todavía nosotros no lo comprendemos, y correrá mucha agua en el Danubio antes de que se comprenda todo lo que este hombre ha creado’. Me gustaría que las siguientes notas sirvieran para comprender la grandeza del alma de este genio insuperable.

Durante los meses de verano de 1819, en Mödling, Beethoven estuvo componiendo el Credo de la Missa Solemnis. Así refiere su estado personal su secretario, el violinista Schindler: ‘Debo reconocer que jamás antes o después de esta época, le he visto en un estado parecido de total absorción (…).  ¡Con la cara sudorosa, golpeaba los tiempos, medida por medida, con las manos y los pies antes de escribir las notas!… parecía un poseído (…)‘. La composición de esta obra le llevó cuatro años, finalizándola en 1823. Escribo esto porque el propio Beethoven reconoció que la gestación de la novena sinfonía le llevó a un estado de similar exigencia y abstracción. Inició su trabajo en 1922, antes de finalizar la Missa, y fue interpretada por primera vez en Viena el 7 de mayo de 1824. El inicio del primer movimiento recuerda al primero de la quinta sinfonía en do menor que, según el propio Beethoven, quiere significar ‘el modo en que el destino llama a la puerta’. Los otros tiempos, scherzo y adagio, de forma maravillosa, van introduciendo la apoteosis coral del himno de la Alegría.

Desde 1792,  Beethoven había proyectado poner música a la Oda a la Alegría de Schiller, poeta por el que sentía una especial predilección y al que consideraba, junto a Homero, uno de los más grandes de la historia. Schiller compuso este lied en 1785  para ser leído o cantado como himno masónico, de hecho parece ser que fue utilizada con tal motivo en reuniones de las logias. Para su autor la alegría está profundamente ligada con el despliegue de la vida humana. El Elíseo al que se refiere en la obra sería la última etapa de la vida humana en la que se alcanzaría la fraternidad universal basada en el poder de la razón sin la intervención de ningún elemento trascedente o sobrenatural. En su adaptación, Beethoven elimina toda referencia política y social e incluso modifica el orden de las estrofas, dando especial relevancia a los versos ‘Brüder!, über’m Sternenzelt Muss ein lieber Vater wohnen’ (Hermanos, sobre la bóveda estrellada tiene que habitar un buen Padre), que hacen clara referencia a un Dios personal, Padre nuestro. Aunque no nos es lícito dar una versión de lo que el compositor quiso expresar con esta obra,  podemos deducir a partir de la situación personal del artista durante su composición, similar a la experimentada durante la de la Missa, junto con la referencia que él mismo hacía en múltiples ocasiones a cuánto le había ayudado Dios en su vida, que la intención de Beethoven no era exaltar en su obra a la alegría como experiencia gozosa de una humanidad autosuficiente y todopoderosa, sino como don de un Creador que le ha permitido el disfrute de los diferentes bienes naturales y sobrenaturales.

Para corroborar mi opinión, baste el siguiente fragmento de su testamento, conocido como el testamento de Heiligendstad: ‘ ¡Oh Dios, tú miras desde lo alto en el fondo de mi corazón, y lo conoces, sabes que en él moran el amor a los demás y el deseo de hacerles el bien! Vosotros hombres, si leéis un día esto, pensad que habéis sido injustos conmigo, y que el desventurado se consuela al encontrar a otro desventurado como él que a pesar de todos los obstáculos de la naturaleza, hizo cuanto estaba a su alcance para ser admitido en el rango de los artistas y de los hombres elegidos’ . ‘Quien escribe esto demuestra poseer un corazón grande y generoso, lo cual posiblemente sea una condición necesaria para haber logrado crear semejante obra maestra.

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